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Antes de que rezongue el trueno

[Tú estás aquí.]

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No, ya no hablaré más la lengua del fuego ni evocaré el susurro quebradizo con que se sostiene el cielo nocturno en medio de la hoguera. Dejaré varado en los párpados de un sueño profundo ese humo aceitoso con el que las mujeres curten el canto de los pájaros, mientras apuran su café cerrero e hilvanan nubes en el collar invencible con que se les muestra la aurora y florean en sus comales de barro las primeras tortillas.

No, esta vez dejaré que el silencio galope arreando tus muslos hasta remontar esta escarpa que interpretan mis manos. Tomaré tu cabello que rezuma los ecos insoportables del naufragio y ahogaré con él los bramidos de todos los mares, el murmullo cómplice de todas las caracolas, y borraré las voces con que las aves nocturnas erosionan el crepúsculo.

Todo como quien arponea un relámpago antes de que rezongue el trueno.

Porque el incendio que atraviesa el poema como un espejismo,
y el sueño humeante que decide perderse ojos adentro,
y tus ríos de sangre que se desordenan a mi alrededor
y de pronto se pasman en el delta de tu vientre

olvidando la noche y la hoguera,
la aurora y los pájaros,
el naufragio y el crepúsculo,

son la única sílaba posible para oponerse por igual al reposo y al estrépito.

[Puebla de Zaragoza, Puebla, a 6 de abril de 2018.]
[Imagen: Marc Chagall, Listening to the Cock, 1944; Art Institute of Chicago, Chicago.]

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¿Por qué la gente se busca amantes?

¿POR QUÉ LA GENTE SE BUSCA AMANTES? ¿A qué propósito obedece el afán de arrancarse las pestañas y reutilizarlas como una torre inclinada de Pisa sobre los párpados? ¿Es la misma razón, acaso, por la cual creamos palabras incapaces de obedecer al eco? ¿O bien es ese impulso cenital que deseca los mares y llena de sal los ríos? ¿No serán los amantes como hogueras que encendemos, en pleno día, para reconocernos como buscadores de silencios y tiniebla?

¿Por qué buscar los mensajes escritos al interior de las caracolas y barridos en su interior por el susurro inagotable de la mar? ¿Paladear la savia del arce como quien busca los vestigios de un invierno inagotable y el inconfundible sabor a inmensidad que dejan tras de sí las fogatas, encendidas en la madrugada del hombre? ¿Por qué llorar el desamparo irremediable del vendaval que incendia todos los frutos y pudre el vuelo de los insectos y los pájaros?

¿Víctimas de qué catástrofe somos que se abrazan entre sí para no morir a solas?

¿Ritos de qué dios en piedra que ha olvidado el símbolo para deletrear los sacrificios?

¿Sobresaltos de qué muertes sin fin que ya se acaban porque llega a su fin el tiempo?

Olvídalo. Nada saldrá vivo de este torbellino de respuestas sin pregunta: tú eres el ojo de la cerradura que me interroga y la daga florentina que se clava en el ojo que la busca.

[Imagen: René Magritte, Les Amants, 1928; MOMA, Nueva York.]

 

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Su espalda

[A Angélica y el milagro superficial de su espalda.]

Esta mujer que yace a mi lado tiene una espalda muy femenil: se despoja de su playera, en medio del calor o de la faena, con una seguridad que tiene mucho de afirmativo y de provocación. Casi nunca lleva ajustador, lo que podría parecer aun más perturbador a aquellos enemigos públicos de la desnudez de los torsos.

Sin embargo en sus rellanos se rezuman el sudor del trabajo y las caricias de sus otros amores y amantes: hombres y mujeres que atisbaron esta suavidad electrizante por una noche o que llegaron a conocerla por más tiempo, ignorantes todos de que no hay bienestar que dure cien noches (ni manos oficiosas que las aguanten).

En esta espalda se extienden como paralelos en la cartografía de la vida, cicatrices evanescentes y otras estrías que confirman lo implacable que es el oficio de ser mujer e ir por la vida viviendo, luchando, creciendo… Y cómo somos incapaces de asociar afirmación provocadora y femineidad como atributos deseables de los cuerpos de las mujeres.

[Puebla de Zaragoza, Puebla, a 26 de marzo de 2018.]
[Imagen: Edward Weston, Tina Modotti, Redondo Beach, 1923.]

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Contra la charlatanería.

[Una caterva de metáforas psicomágicas.]

“¿QUÉ ES EL AMOR?”, me pregunta la gente como quien busca la dirección del callejón sin salida, o como quien aprende a tientas a ubicar los puntos ciegos donde se acuñan las monedas falsas. No me canso de repetirles igualmente que lo ignoro, que es como la patria maldecida del poeta —y que yo carezco de la conmiseración optimista que reconcilia los males para obtener un bien—.

Sin embargo les abruman mis recomendaciones para que busquen ellos mismos la respuesta: “¿Por qué no coges tus palabras y arrojas sus migas a las tórtolas, que sería casi como liar un hatajo de silencios entreverados con arrullos? ¿Por qué no escribes tus dudas dentro de la concha abandonada de un molusco y corres al encuentro marítimo de los huracanes? ¿Por qué no eres un zodiaco a cuestas de la tierra cuyos presagios dispersó la lluvia?”

En el pánico esclarecedor que confunde mis intenciones poéticas con las de la charlatanería, baste con decir que el amor, sin mayúscula posible, es esa erosión entre los cuerpos desnudos que deslava el deseo de los ojos y las manos, es la costumbre audiovisual donde trueno y relámpago pierden todo estupor antiguo y ese vértigo que el simple transcurrir de los segundos fosiliza.

[Puebla de Zaragoza, Puebla, a 22 de marzo de 2018.]
[Imagen: Johannes Vermeer, De soldaat en het lachende meisje, ca. 1658; Col. Frick, NY.]

 

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Luciérnagas azules que murmuran el incendio

[Un juego de palabras.]

 

El juego es sencillo: elige un número del 1 al 10 y repite el procedimiento hasta agotar los versos del poema. No es necesario evitar las repeticiones o los conjuntos de estrofas.


  1. Esconderé tu nombre transoceánico en la sed inabarcable de un grano de arroz.
  2. Sus sílabas rupestres cubrirán el abismo abierto desde el primer relámpago.
  3. Luciérnagas azules que murmuran el incendio imposible de un bosque de lajas.
  4. La pulsión de muerte que germina en el amante como una flecha de vidrio.
  5. El sobresalto quebradizo de quien decide tatuarse en la mirada el fuego.
  6. La palidez volcánica de los mares de dunas donde se detiene el mediodía.
  7. Cañada donde recula el vértigo y se despeñan hacia el cielo las piedras.
  8. Es la urna sin arcos triunfales en que sepultar el estertor de todas las guitarras.
  9. Laurel de la derrota, hoguera en alta mar de la que se columpian las sombras de los peces.
  10. Espiral por la que asciende el glifo universal que codifica todos los secretos.

 

[Imagen: Katsushika Hokusai, La gran ola de Kanagawa, ca. 1831; El Met, NY.]

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Solo nos sobrevivirá el silencio

[Te escribo, Inés, mientras te miro dormir.]

No dejemos naufragar a las palabras.
El silencio podría colarse entre nosotros como el vacío de las encías sin dientes,
crujir con el desamparo del vencejo que empolla sus alas con celofán,
y arde con el alero que ulula en un torbellino de ceniza
(aunque no haya nada más poético
que el sobresalto quebradizo de un ave que remonta el vuelo en llamas).

No, no abriguemos el recelo mudo del náufrago
que vuelve a la mesa para descubrir la sal,
o al que cada sorbo le sabe a la aridez de la muerte y al sargazo;
tampoco andemos la calle que nos devuelve
al lugar exacto de donde brota el eco de mis pasos,
que se extiende interminable bajo el luminoso costillar de la mañana,
serpenteando vertebralmente
como un arcoíris
venido a tierra, devorado por las hormigas y fosilizado.

¿Porque qué palabras opondremos al silencio cuyo perfil
no esté cincelado en el aire con que fuella la nada los crepúsculos?
¿Que no se hilvanen como las intermitencias del misterio,
aunque sean como la fugacidad incontestable de la pólvora?

Porque a final de cuentas este poema —como todos— será un fracaso inapelable,
calafatear los huecos del lenguaje es cosa de mudos,
y no importarán los puñados de sangre con que hayamos intentado
transgredir aridez,
incendio
o naufragio:
solo nos sobrevivirá triunfalmente el silencio.

[Puebla de Zaragoza, Puebla, a 24 de febrero de 2018.]
[Imagen: Edward Hopper, Nighthawks, 1942; Chicago Art Institute.]

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El terraplén de los naufragios.

Me duele la muñeca al igual que me duele la mueca del viejo que arrastra su vida como un lastre, pero también me duele esa tolvanera de caricias que nunca subirá por nuestros cuerpos: esos hombres y mujeres que no sudarán nuestros nombres en la exageración erótica que anticipa los desmayos…

Arde con tu vocación inagotable de cantera de la que se extrae el cieno. Ya no somos el incendio que se agita en el vientre del mar y se anuda en  la veta de las catástrofes.

También se me hinca el dolor en el costado, herido por la sublimación mística del acero y la arcilla en los tiempos que corren, sueño de sílice en el que nada se oye y las campanas graves delimitan la frontera del espanto: sin embargo, me aqueja también el titubeo volátil de las sílabas que brotan arracimadas en medio de una lucha inexpresable del cascarón de las palabras:

Asciende la luz evaporándose con su voluntad de fuego. Es el jeroglífico de sangre que se agita y hierve, rodeado de piedra por todas partes y espasmos de libélula fosilizada al vuelo.

Me duele el cuello cuando se mienta la soga o la casa del ahorcado, pero no me duele menos la mano ociosa del verdugo que decae esperando la herrumbre que no llega o los párpados cautivos de un amanecer que nunca inicia.

Recoge el símbolo que tus párpados araron sobre la materia informe de las llamas. Tú, como la hoguera, eres un obelisco que celebra la victoria inequívoca de lo Efímero.

Muñeca, cieno, costado, o bien luz, cuello, símbolo: somos una suma de congojas ambulantes y cada vez que el crepúsculo gotea sobre nosotros sus espejismos, nos empuja inevitablemente hacia el basto terraplén donde se vaticinan todos los naufragios.

[Puebla de Zaragoza, 22 de enero de 2018.]
[Imagen: E la nave, dirigida por Federico Fellini, 1983.]

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Instrucciones que anticipan la Edad del Silencio.

[A Agnes, después de una temporada en la Bahía de Nadie.]

DAME la belleza cotidiana de tus ojos tibios y cansados como el crepúsculo,
la oscuridad insubordinada que se agazapa y se arrebuja como un ocelote en tus lunares,
los labios tempestivos donde se van a pique ardiendo cordilleras y cataratas,
tus pabellones donde la madreselva, despeñada en espirales de azabache,
esculpe la forma del aire con el resuello fragante e invencible
de su memoria.

Dame el eco mínimo de las caricias tartamudeadas por tus dedos,
los rasguños que imitan el espasmo eléctrico de los amantes,
su sudor oceánico que hace recular a los continentes
mientras revolotea el vértigo mineral de sus entrañas,
la suavidad sinuosa de tus hombros: definitiva como la incapacidad
del relámpago para perpetuarse más allá del parpadeo
con el que nunca romperá la claridad del día.

No olvides darme los sueños náuticos que remontan tus muslos terribles,
enroscándose según la carta de marear que desemboca en los naufragios,
la geografía inescrutable de un verano a la deriva
y la voracidad innombrable con que pulsa una selva en llamas.

Dame finalmente las sílabas líquidas de tu lengua salvaje
y también su temblor resonante de arrecife
donde se incuban las tormentas,
de géiser fosilizado que anticipa la Edad del Silencio.

[Puebla de Zaragoza, 20 de enero de 2018.]
[Imagen: Pablo Picasso, Guernica, 1937, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.]

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Cansados.

[Otra aproximación a la obra poética de Leonard Cohen.]

Estamos cansados de ser blancos y estamos cansados de ser negros, y no seremos blancos ni seremos negros por más tiempo. Seremos voces ahora, voces incorpóreas en el cielo azul, armonías placenteras en las oquedades de tu angustia. Y permaneceremos de este modo hasta que te endereces, hasta que tu sufrimiento te apacigüe, y puedas creer la palabra de Di*s, quien te lo ha dicho tantas veces, y de tantas maneras, que se amen los unos a los otros, o al menos que no torturen ni asesinen en nombre de idea humana alguna, estúpida, vomitiva, que aleja a Di*s de ustedes y que oscurece el cosmos con un dolor inconcebible. Estamos cansados de ser blancos y estamos cansados de ser negros, y no seremos blancos ni seremos negros por más tiempo.

∼Leonard Cohen, book of longing.


El poema aquí presentado apareció (en inglés) en “book of longing” de Leonard Cohen, publicado en Canadá por McClelland & Stewart Ltd, 2006. El titular de este blog no se arroga ningún derecho sobre los mismos y lo traduce y transmite únicamente con fines culturales sin afán de lucro.

[Imagen: René Magritte, La reconaissance infinie, 1963.]

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El alba inextinguible de los tiempos.

[A Angélica y a ese milagro que ocurre entre sus brazos.]

El Hombre abraza a la Mujer
para aquilatar las dimensiones verdaderas
de lo humano,
para conturbarse con el aliento tibio
que sube por su piel
de bosque en otoño,
plantando semillas de mariposas
en la profundidad
irrecusable de sus manos
empapadas de sangre y de destino.

La Mujer abraza al Hombre
para acompasar el murmullo trágico
que domestica al fuego
y lo soterra sin clemencia:
volcán que susurra terremotos
soñando la declinación
incalculable
de cometas y galaxias.

Entre ambos anida la oquedad
de la que germinan los collados
y que reverencian las montañas,
de la que se erige
la lluvia en respuesta
y erupcionan imperturbables
las preguntas,
de la que el sudor agorero
nos anticipa la muerte

y anuncia a la vez el alba inextinguible de los tiempos.

[Imagen: Edvard Munch, Hombre y mujer 1, 1905; Museo Munch, Oslo.]

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Las cosas.

[A Agnes.]

El viento afila
el contorno
de las cosas:
esculpe
entre sus dientes
un bloque
translúcido
que Nada
imita.

El agua las bruñe
con sus microscópicos
tifones
de mineral
y pedacería
cerámica.

La luz les insufla
el tremor
con
el que por arte
de birlibirloque
arden
silenciosamente
en las retinas.

Y tú
llegas de pronto,
inmerecida,
para clavetearlas
en el devenir

nombrándolas.

[Imagen: Paul Klee, Einst dem Grau der Nacht enttaucht, 1918; Kunstmuseum, Berna, Suiza.]

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La duda toma la palabra.

¿Será cierto que estas botas,
ahora ya huérfanas de camino,
anduvieron alguna vez por el arco rocoso
de las bahías
aguzando el filo luminoso de las olas,
pespunteando la salada espuma
de los sargazos
y tensando la delgada línea del alba
que los arrojaba
como flechas del desamparo
sobre la quietud
indiferente de la orilla?

¿Será verdad que estas manos,
desprovistas desde ayer
de su apetito de agarre y herramienta,
del sudor de corteza y de vinagre,
alguna vez alzaron y esparcieron
un puñado de sol
sobre los maizales solidarios
que desbordaban
nuestra tierra
sobre el agua
anteayer?

¿O que estos ojos,
saturados de la sombra
crepuscular que borra
y amalgama
a las coníferas
y las cordilleras,
penetraron los glifos
de la catástrofe
y las sílabas rupestres
de los incendios?

¿Que alguna vez mis palabras
se opusieron
contra los fanáticos
de la indiferencia,
los adoradores
de la podredumbre,
los mentecatos
que contaminan
y que ahogan
a los niños
en la sangre del parto?

¿Pero cómo saber
si soy
la verdad
que bate,
que penetra,
que invade
estas palabras
mientras
se interrogan
a sí mismas?

[Imagen: Leonardo da Vinci, dibujos anatómicos en el códice Huygens, 1540; Biblioteca Pierpont Morgan, NY.]

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La espada.

A Inés.

Te he visto dar tu amor a manos llenas
como si prodigaras esporas de la dicha
de las que eclosionan arcoíris
o fueras el monzón benévolo
que te aleja
de los basaltos firmes
donde los volcanes
fingieron su derrota.

Te he visto compartirlo
entre los niños de Tejalpa
cuyas risas
tienen destellos
de álamo encendido
y en cuyas manos
se agazapa
la avidez remordida
de las nubes
que renunciaron al vuelo.

Entre los tuyos
enfática como una libélula
tu amor
es como un fruto
cuya carne estrecha
nuestros lazos
con la tierra
y cuyas semillas
descascaran
lo insondable
y el silencio.

Tu amor también va hilando
círculos concéntricos
en ese valle
erradicado de espejismos
donde todas las lágrimas
del desamor
tienen cabida
y la amistad palpita
en descampado
como la piel extendida
de una estrella.

Ni qué decir del amor
estrepitoso
que asciende
por tu vientre
con vocación de pólvora
y enredadera en llamas:
denario del amante
y salvoconducto
por el que te das entera
cuando proclamas
la hora del incendio.

Ahora ¿cómo querría
alguien arrebatarles
tus caricias
que se plantan
y se abren
como un oasis
suspendido
en el cielo nocturno
donde chapotean
dóciles
los relámpagos
y las cordilleras?

¿O tus palabras
de corteza de alcornoque
y edad de olivo?
¿O tus gestos simples
de piel de durazno
y bálsamo de María?

Si tu amor hermana
como una hoguera
que crepita
con la sal
y la discordia.

Y tu labio se yergue con una sólida dignidad de espada.

[Imagen: Marc Chagall, La danse, 1950-52; Centro Pompidou, París.]

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Los enemigos.

¿Cómo oponerse a los enemigos de nuestro pueblo?

Quiénes son los enemigos de mi pueblo?

Acaso los que lo sujetan con su viscoso tacto de anguila,
transmitiéndole espasmos
moribundos de sapo
y el sonido que hacen
al crujir las mariposas?

O tal vez los que arrojan puñados
de sangre a la luz tierna
olvidada en el tendedero
entre los susurros del agua
y la sonrisa
reprimida del crepúsculo?

Serán los que trillan el cereal
y lo revuelven con tachuelas,
horneando panes
con dientes
y garras
que no apaciguan la estampida
agolpada para dormir en su espinazo?

Tal vez la nación del plomo
que nos cerca
con su alfombra áspera
y su lengua de cáñamo
y laberinto donde todos
los oyentes son culpables?

Quiénes son los enemigos de mi pueblo?

Yo lo soy?
Tú?
Nosotros?
La que arropa mi aliento
como un polluelo de colibrí
entre sus manos
más verdaderas que cualquier palabra?

Perdónenme.
Quizás pregunto el humo
o la niebla con la vocación
indecible del cobalto,
y mi voz teje
y desteje
esa red
consabida
en la que ya no caben los agujeros.

[Imagen: Sandra Hajda, City on fire 1, 2005; Galería Heist.]

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Eva y Sara.

[Materiales para una lectura comparada de Arreola con perspectiva de género.]

Para Angélica.

De un personaje literario fascinante tal y como lo fue Juan José Arreola (Zapotlán el grande, hoy Cd. Guzmán, 1918-Guadalajara, 2001) pueden hacerse múltiples y variadas lecturas, muchas complementarias y aun contradictorias entre sí. Hombre autodidacta  (sí, no terminó la primaria) que ejerció los oficios más diversos (maestro, editor, vendedor ambulante, mozo de imprenta, tonelero, traductor, carnicero, periodista, actor de radionovelas y un nutrido etcétera), fue dueño de una cultura vastísima que se reflejó siempre en su narrativa, en sus comentarios televisivos, en su labor editorial y a quien le debemos, entre muchas otras cosas, el espaldarazo que dio a la obra de otro mexicano incomparable, Juan Rulfo, a quien le editó su “Nos han dado la tierra” en el número 2 de la tapatía Pan, Revista de Literatura (1945).

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J. J. Arreola en la UNAM.

En esta ocasión me interesa contrastar dos textos: uno presente en el Confabulario (Joaquín Mortiz, 1971) y otro en Sara más amarás/Cartas a Sara (Joaquín Mortiz, 2011). El origen de dicha lectura comparada es aportar materiales para la interpretación que el feminismo y la lectura desde una perspectiva de género ofrecen al interior de la obra del jalisciense ya como una manifestación irónica, ya como una postura provocadora, ambivalente o proclive a reforzar o cuestionar estereotipos propios de la mujer.

Ambas posturas pueden leerse y, sobre todo, contrastarse aquí y acá. ¡Desenpolven la obra de Arreola, háganse un criterio y disfruten!


Eva.

Él la perseguía a través de la biblioteca entre mesas, sillas y facistoles. Ella se escapaba hablando de los derechos de la mujer, infinitamente violados. Cinco mil años absurdos los separaban. Durante cinco mil años ella había sido inexorablemente vejada, postergada, reducida a la esclavitud. Él trataba de justificarse por medio de una rápida y fragmentaria alabanza personal, dicha con frases entrecortadas y trémulos ademanes.
En vano buscaba él los textos que podían dar apoyo a sus teorías. La biblioteca, especializada en literatura española de los siglos XVI y XVII, era un dilatado arsenal enemigo, que glosaba el concepto del honor y algunas atrocidades de ese mismo jaez.
El joven citaba infatigablemente a J. J. Bachofen, el sabio que todas las mujeres debían leer, porque les ha devuelto la grandeza de su papel en la prehistoria. Si sus libros estuvieran a mano, él habría puesto a la muchacha ante el cuadro de aquella civilización oscura, regida por la mujer, cuando la tierra tenía en todas partes una recóndita humedad de entraña y el hombre trataba de alzarse de ella en palafitos.
Pero a la muchacha todas estas cosas la dejaban fría. Aquel periodo matriarcal, por desgracia no histórico y apenas comprobable, parecía aumentar su resentimiento. Se escapaba siempre de anaquel en anaquel, subía a veces a las escalerillas y abrumaba al joven bajo una lluvia de denuestos. Afortunadamente, en la derrota, algo acudió en auxilio del joven. Se acordó de pronto de Heinz Wölpe. Su voz adquirió citando a este autor un nuevo y poderoso acento.
“En el principio sólo había un sexo, evidentemente femenino, que se reproducía automáticamente. Un ser mediocre comenzó a surgir en forma esporádica, llevando una vida precaria y estéril frente a la maternidad formidable. Sin embargo, poco a poco fue apropiándose ciertos órganos esenciales. Hubo un momento en que se hizo imprescindible. La mujer se dio cuenta, demasiado tarde, de que le faltaban ya la mitad de sus elementos y tuvo necesidad de buscarlos en el hombre, que fue hombre en virtud de esa separación progresista y de ese regreso accidental a su punto de origen.”
La tesis de Wölpe sedujo a la muchacha. Miró al joven con ternura. “El hombre es un hijo que se ha portado mal con su madre a través de toda la historia”, dijo casi con lágrimas en los ojos.
Lo perdonó a él, perdonando a todos los hombres. Su mirada perdió resplandores, bajó los ojos como una madona. Su boca, endurecida antes por el desprecio, se hizo blanda y dulce como un fruto. Él sentía brotar de sus manos y de sus labios caricias mitológicas. Se acercó a Eva temblando y Eva no huyó.
Y allí en la biblioteca, en aquel escenario complicado y negativo, al pie de los volúmenes de conceptuosa literatura, se inició el episodio milenario, a semejanza de la vida en los palafitos.

(En Confabulario, 1952).

No hay que perder de vista que Arreola, al igual que Joyce, creía que su lector tendría la misma cultura que él: evoca a Johann Jakob Bachofen, autor de El matriarcado (1861) y quien fuera el primero en cuestionar el patriarcado como sistema político social intrínseco a la Humanidad. Sin embargo, es gracias a las citas de Heinz Wölpe (que cierran con un matiz casi freudiano) que el joven logra acercarse a Eva y reiniciar “el episodio milenario” en el que brotan de sus manos y de sus labios “caricias mitológicas”.

Todo va bien hasta aquí salvo por un detalle: Heinz Wölpe (¿eco del alemán Welpe, “cachorro”?) no existe y es una invención ¿del personaje? ¿Del autor? ¿Recurso que evoca la dominación del género mediante el engaño filosófico? ¿Histórico? ¿Político?

El mismo hombre que escribió el relato anterior se dirigía así a la que se convertiría en su esposa en 1944, Sara Sánchez.

     *       *      *

Guadalajara, Enero 11, 1942.

Sarita:

No pienses que me olvido de ti. Del modo como yo te quiero, no hay lugar a ningún cambio. Pienso en ti siempre, y estás muy dentro en mi corazón. No ambiciono otra cosa que tu afecto, él es mi mejor riqueza, y todo lo que trato de hacer en la vida, hacia ti va dirigido.

Tú y yo hemos comprendido ya muchas cosas y no llevamos los ojos engañados. Ni un momento hemos dejado de ser los que fuimos el primer día. Cerca o lejos de ti, trato de ser lo mejor posible. Quisiera que todos mis actos pudieran agradarte, que vieras en ellos la intención que en todas partes me guía: la de hacerte alguna vez dichosa.

¡Si vieras qué bello es tu recuerdo! Me gustaría decirte cómo estás en mi memoria. Quisiera explicarte cómo vives en mi vida. Cómo te pienso y te sueño. Escucho tus palabras, veo tus miradas y tu presencia me está siempre acompañando.

¿Qué has puesto en tu recuerdo? Hay algo que te hace inolvidable. Conociéndote, ya no se puede vivir sin ti. Conociéndote como yo creo que empiezo a conocerte. ¿Sabes? Pienso que una persona como tú puede hacerse amar toda la vida. Apenas la experiencia de todos los días puede satisfacer el afecto que tú me haces sentir. Estos días de ausencia me lo dicen.

Y quiero que esta carta no sea una carta de enamorado escrita al calor de una pasión, quiero que sea el testimonio fiel de un afecto consciente, y que conserve su verdad en el transcurso de los años.

Aspiro a quererte cada vez de un modo más perfecto, más comprensivo. Quererte conociendo todos los rasgos de tu carácter, conociendo todo lo que forma parte de tu ser y es importante. Quiero llegar a un día en el cual esté a cubierto de toda sorpresa que pueda inquietarme.

Te quiero tal y como tú eres. Solamente quiero solicitar una vez más tu sinceridad, tu claridad. Me gusta que seas así, retraída, ensimismada, indiferente. Solo he de pedirte que para mí seas un poco accesible y me dejes entrar en tu carácter. Te aseguro que no seré un huésped de traición. Quiero solamente conocerte más para quererte mejor.

Creo que así es el amor que puede durar, el que se basa en un conocimiento estricto de la persona, en la apreciación vasta de sus cualidades.

A ese amor he aspirado siempre, y ese es el que te ofrezco con todo mi corazón. Creo que en el tiempo de nuestro noviazgo, para mí tan feliz, voy teniendo ocasión de demostrarlo.

Soy dichoso si pienso que un día tú y yo veremos juntos pasar la vida.

Tu Juan José.

[En Sara más amarás/Cartas a Sara, pp. 22-23.]

   *    *    *

¿Estamos hablando del mismo autor?

[Imagen: A. Durero, Adán y Eva (El pecado original), 1504; Städel Museum, Frankfurt.]

 

 

 

 

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El viento común.

[A Angélica, natural y humanamente.]

¿CÓMO AMARTE EN MEDIO DE LA TRAGEDIA? ¿Cómo refugiarme entre tus brazos de sauce cuando llueve la sangre de los peñascos y es imposible que nos ampares a todos: libélulas y colibríes con el vuelo herido, rayos de luz desportillada, gente atragantada con el lodo del espanto? ¿Cómo hablarte delicadamente si no hay sílabas con que podamos detener las mandíbulas implacables de la muerte? ¿Quién voltea buscando el poema cuando lo que se escapa de nuestros puños es la arenilla del miedo y del desamparo?

¿Cómo puedo sentarme a escribirte cuando todos parecemos requerir en nuestros ojos una pizca de luciérnagas? ¿Cómo cuando flota la neblina parduzca de la agonía entre los escombros y uno no puede, no podría, dejar de pensar en los gritos que se extinguen inaudibles en esta noche que nos arrojó la tierra? ¿Cómo puedo besarte sin sentir que me arrogo una suerte que otros no tuvieron y que hasta me parece injusta esta caricia tibia que depositas sobre mis manos?

Antes de que se ponga el día y la gente vuelva a su normalidad indiferente —recuerda mis palabras: ningún pueblo es capaz de una solidaridad inexhaustible y nosotros no seremos la excepción—, solo nos queda salir a restañar el aliento quebrado que surge de todas las heridas, a entregarnos por completo a ese prójimo desconocido que hoy no solo tiene tu rostro ni el mío, sino que es la suma de todos los rostros, a dejar que las cicatrices florezcan como dientes de león y que un viento común nos devuelva la tranquilidad de la esperanza y del olvido.

[Puebla de Zaragoza, a 22 de septiembre de 2017.]
[Imagen: Pablo Picasso, Viejo ciego con niño, 1903; Museo Pushkin, Moscú.]

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Uno de García Lorca para llegar a Guillén.

Federico García Lorca y su paso por Cuba, 1930.

Federico [García Lorca] estuvo en La Habana, Cuba, desde el 7 de marzo hasta el 12 de junio de 1930. Estaba emplazado por la Sociedad Hispanocubana de Cultura a dictar una serie de conferencias —muchas de las cuales eran refritos y revisiones de otras dadas en distintas ciudades y ocasiones—: «La mecánica de la poesía» dictada el 9 de marzo, «Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos. Un poeta gongorino del siglo XVII» el 12; el 16 y el 19 del mismo mes «Canciones de cuna española» e «Imagen poética de Luis de Góngora», respectivamente. Finalmente el 6 de abril, cerró con «La arquitectura del cante jondo».


lorca
El gran Federico García Lorca.

Federico fue invitado a dictar algunas de estas mismas conferencias en Santiago y Cienfuegos. Su presencia, como atestiguan varias fuentes, dejó una impronta profunda en la comunidad intelectual de la isla. Guillermo Cabrera Infante asegura que  “[l]a breve visita de Lorca fue un huracán que venía no del Caribe sino de Granada” y podemos encontrar ecos de ella —según el mismo Cabrera Infante— en poetas tales como Regino Pedroso, Ramón Girau, Emilio Ballagas y José Zacarías Tallet; sin embargo, nadie incorporaría símbolos y referencias al imaginario lorquiano como el mulato Nicolás Guillén.

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Pablo Neruda y Nicolás Guillén.

La influencia del poeta de Fuente Vaqueros en la obra de Nicolás Guillén se siente particularmente en su poemario de 1930 “Motivos de son”. En esta, Guillén trató de hermanar el son y el romance, lo africano y lo español, al interior del vigoroso carácter lírico del pueblo cubano.

Federico en cambio solo dejó un poema en el que pueden detectarse referencias explícitas a su paso por Cuba: el “Son de negros en Cuba”, consignado dentro de Poeta en Nueva York, en el apartado X. El poeta llega a La Habana, dedicado a Fernando Ortiz Fernández, director de la citada Sociedad Hispanocubana de Cultura por aquellos tiempos.

Son de negros en Cuba.

Cuando llegue la luna llena, iré a Santiago de Cuba,
iré a Santiago,
en un coche de agua negra.
Iré a Santiago.
Cantarán los techos de palmera.
Iré a Santiago.
Cuando la palma quiere ser cigüeña,
iré a Santiago.
Y cuando quiere ser medusa el plátano,
iré a Santiago.
Iré a Santiago
con la rubia cabeza de Fonseca.
Iré a Santiago.
Y con la rosa de Romeo y Julieta
iré a Santiago.
Mar de papel y plata de monedas.
Iré a Santiago.
¡Oh Cuba! ¡Oh ritmo de semillas secas!
Iré a Santiago.
¡Oh cintura caliente y gota de madera!
Iré a Santiago.
Arpa de troncos vivos, caimán, flor de tabaco.
Iré a Santiago.
Siempre he dicho que yo iría a Santiago
en un coche de agua negra.
Iré a Santiago.
Brisa y alcohol en las ruedas,
iré a Santiago.
Mi coral en la tiniebla,
iré a Santiago.
El mar ahogado en la arena,
iré a Santiago,
calor blanco, fruta muerta,
iré a Santiago.
¡Oh bovino frescor de cañaveras!
¡Oh Cuba! ¡Oh curva de suspiro y barro!
Iré a Santiago.

[Federico García Lorca, Poeta en Nueva York, 3a. edición, Lumen, Barcelona, 1998.]

 

¿Cómo ponderar ahora la influencia de Federico en la obra de Guillén, si Motivos de son es un homenaje brevísimo al habla cubana! Naturalmente, como afirmamos más arriba, el romance (con todo lo que había hecho de él en el Romancero gitano (1928) el propio García Lorca) va a conocer una sonoridad y una flexibilidad plástica nunca antes leída.

5. Hay que tené boluntá.

Mira si tú me conose,
que ya no tengo que hablá:
cuando pongo un ojo así,
e que no hay na;
pero si lo pongo así,
tampoco hay na.

Empeña la plancha elétrica,
pa podé sacá mi flú;
buca un reá,
buca un reá,
cómprate un paquete vela
poqque a la noche no hay lu.

¡Hay tené boluntá,
que la salasión no e
pa toa la vida!

Camina, negra, y, no yore,
be p’ayá:
camina, y no yore, negra,
ben p’acá:
camina, negra, camina,
¡que hay que tené boluntá!

[Nicolás Guillén, Motivos de son en Sus mejores poemas, 1er. Festival del Libro Cubano.]
[Imagen: Nelson Villalobos, Afrocubana #23, acrílico sobre diversos soportes, 1987-2014.]

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Horas de oficina.

En lo alto del día, recibo tus palabras lejanas…

DEBO ESCRIBIRTE UN POEMA EN DIEZ MINUTOS, Angélica, antes de que mis palabras se erosionen y la vida cotidiana entre de nuevo por la puerta con su prisa de huracán, arrastrándonos en su reflujo de jaqueca, dejándonos en la altamar donde se arremolina el vértigo y la monotonía se alza como un tsunami.

Entonces prefiero no imaginarte detrás de un escritorio, como una libélula consagrada al culto del Sol que encuentra alfileres en todos los altares, depositando semillas de cordillera que el viento esparce sobre los campos de mostaza y tratando de ajustar los minutos de retraso en la clepsidra.

Prefiero imaginarte desnuda sobre el césped tibio, arropada por un rumor titubeante de lluvia y una brisa fría que se desparrama por tus muslos, mientras tú vuelcas voluntades de pararrayo sobre las piedras y sometes con tu miel el frenesí crepuscular de mis hormigas, inopinadamente, como casi todo lo que haces a tu paso por el mundo.

[Imagen: Amadeo Modigliani, Nudo seduto su un divano, 1917; col. privada, París.]

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Aquí te amo.

[Instantáneas surrealistas a medianoche.]

AQUÍ TE AMO, ANGÉLICA, como cuando despierto milagrosamente a mitad del sueño y tus párpados me arropan como sábanas tibias buscando el alba. Te amo en mi voz inarticulada por la que suben erizos y miasmas como enredaderas, en un estrecho donde se incuban silenciosamente los naufragios.

Te amo en las aves del paraíso con que adornas la crueldad de tu nuca y con las que tiñes de amarillo el rumor de las galaxias. Te amo en tus manos amorosas que amasan el pan del sacrificio a medianoche, en tus brazos suaves que huelen a maderería y en tus piernas que bailando se escapan de todos los cercos del idioma.

Te amo en el chirrido de los dientes que se rompen mascullando las tragedias.

Te amo en nuestras almohadas de pochote y en los besos blancos con los que animamos la hoguera donde arde el recuerdo de los suicidas. Te amo en tu llanto de golondrina que remonta todos los espejismos antes de que desaparezcan, así como en tu risa inaudita que retumba con ecos catedrales de coral, fuego y estaño. Te amo también en tus ojos, pero tus ojos son volcánicos y oscuros como el arrebato que empuja un puñal durante el crimen.

Aquí te amo, en mi más profundo deseo de no amarte y en este inacabable puñado de ceniza que tengo que tragarme cada vez que tú no estás.

[Imagen: Frida Kahlo, El suicidio de Dorothy Hale, 1938; Phoenix Art Museum, EEUU.]

 

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Un cabrón llamado John Milton.

Traducciones de poemas de C. Sandburg y J. Milton.

¿Qué podríamos decir en una nota breve sobre John Milton, poeta inglés de aliento épico y equiparable, quizá, solo con Shakespeare? ¿Alabaremos su defensa precursora de la libertad de imprenta en su Areopagítica? ¿Su participación en el gobierno de Cromwell como Ministro de Lenguas Extranjeras, como fiel adherente del republicanismo en Inglaterra? ¿La labor titánica mediante la cual compuso de memoria y dictó (pues se encontraba completamente ciego) los más de 10,000 versos de “El paraíso perdido” a sus hijas? ¿Expondremos el contraste entre el padre ausente que fue y el hombre de letras?

«Me temo que el modo más corto y más satisfactorio de decirlo es que, una vez todo ha sido dicho y hecho, [Milton] es un poeta que no podemos dejar de apreciar y un hombre al que no podemos apreciar.»

G.K. Chesterton, Milton: man and poet; Keith, NY, 1917.

Como normalmente suelo hacer en estos casos, cederé la palabra al poeta norteamericano Carl Sandburg que, en sus Retratos, se expresó así del autor que hoy nos ocupa (la versión original de este poema, junto con un análisis del mismo, puede leerse en inglés aquí):

Al fantasma de John Milton.

Si tuviera que escribir panfletos veinte años contra los monárquicos,
con recompensas ofrecidas por mi captura vivo o muerto,
y celdas y patíbulos siempre cerca,

y entonces mi esposa muriera y tres hijas ignorantes
hablaran de su padre como un chiste, y robaran las
regalías de sus libros,  y el hospicio siempre estuviera a punto de alcanzarme,

si entonces perdiera la vista y el mundo se oscureciera y yo
quedara sentado con solo recuerdos y habla—

Escribiría “El paraíso perdido”, desposaría una segunda mujer
y tras su muerte, desposaría un tercer par de ojos para
servir a mi ceguera; escribiría “El paraíso recobrado”,
escribiría libros salvajes, neblinosos, humeantes, prolijos—

Me sentaría junto al fuego y soñaría con el cielo y el infierno,
idiotas y reyes, mujeres que mis ojos no volverán a ver jamás,
y el mismo Dios y los rebeldes que Dios arrojó al infierno. Leer más “Un cabrón llamado John Milton.”

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El vacío irremisible.

Para Angélica, naturalmente.

A VECES NO TENGO MUCHAS GANAS DE ESCRIBIRTE. Cojo la pluma o el lápiz y garrapateo símbolos obtusos e inconexos sobre papel de reciclaje, como ideogramas vacíos que revelan el ovillo de mis preocupaciones: desde mi perra que arrastra su patita bajo el avance implacable de los años, hasta lo caro que se ha vuelto este oficio cotidiano de ir viviendo.

Es cierto, a veces siento que me he vuelto un animal lento y torpe en el esfuerzo instantáneo de driblar a la muerte. Ya no puedo espantar su zumbido de moscardón como si cualquier cosa, y el vacío sofocante de los días que paso lejos de ti me abruma. Mis amigos y los doctores coinciden, medio en serio, medio en broma, que a mí la muerte me sobrevendrá por aburrimiento: de un mundo que muy joven me cupo en la uña de la mano, de algún libro que no leeré nunca, de unas tardes de viento y lluvia que ya no quieren compartirme sus secretos.

Sin embargo eso no significa que no te ame, sino que, por el contrario, este amor se me ha asimilado hasta lo más hondo de los huesos. Se ha vuelto como el tuétano que sostiene el esqueleto de los días y da sustancia a lo banal y a lo sublime: es eso que despierta en un alba de odio y se queda ahí, impávido, viéndome poner agua para café, leer la correspondencia y sofocar el viento frío de la mañana contra el primer cigarrillo. Está ahí cuando regreso del trabajo y le arrojo unas cuantas alubias al pellejo más pesimista de mí mismo, cuando ahogo la lentitud de la tarde con mis libros, cuando borroneo tu ausencia con un trago e incluso cuando me propongo no pensar más en ti, está ahí, siempre ahí, dispuesto a pasar por alto el vacío irremisible de mis palabras.

[Ciudad de México, a 1 de agosto de 2017.]
[Imagen: Joan Miró, El oro del azul, 1967; Fundació Joan Miró, Barcelona.]

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A veces odio la felicidad.

(Para Angélica.)

A VECES ODIO LA FELICIDAD, esa que me revuelca cuando pongo un pie fuera de la cama y tu cuerpo, desnudo y soñoliento, rompe la espuma con que el día nos baña en sus olas.

Intento sacudírmela mientras arrastro mi fatiga al baño, expulsarla de mí mientras orino, reducirla con el cepillo de dientes como quien siente una quemadura en el esmalte.

Es inútil. Esta felicidad se empecina conmigo con su peso muerto de hojas de eucalipto, de vapores de mercurio, de roca herida por el relámpago; pero la odio.

La odio cuando la siento nublarme los ojos y entrecortar mi respiración con su arrebato, la odio cuando me la sirves al salir de la ducha y me aseguras que no hay otra cosa para desayunar, la odio cuando me subo al autobús que me lleva al trabajo y veo los rostros tristes de los que no esperan nada, la odio porque no tiene valor de cambio y no puedo trocarla por techo, cama y sustento para todos.

A veces odio la felicidad porque me parece el más egoísta de los placeres.

Pero antes de arrojarla al rastro como una pieza inútil que ya no hace juego con nada, antes de permitir que la rutina implacable la desbaste como un torno, veo en la luz tibia de sus párpados cansados una sílaba para luchar, denodada e irremisiblemente, contra los enemigos declarados de nuestro pueblo.

[Puebla de Zaragoza, a 27 de julio de 2017.]
[Crédito de la imagen: Mark Rothko, sin título, 1957.]

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Dos de Catulo…

…Para Angélica.

Siempre he predicado con el ejemplo y mi divisa bien podría ser aquel verso de Virgilio (Églogas X, 69):

Omnia vincit Amor; et nos cedamus Amori…

En días pasados, ajeno al mundo en torno mío y convencido de lo poco que se ocupa éste de mí, estuve en Puebla rindiendo pleitesía al dios del que nos habla Virgilio.

catulo

A mi vuelta a esta ciudad gris, monstruosa que llamo casa, no pude dejar de pensar en dos poemas de Catulo, padre del subjetivismo, del tono abiertamente autobiográfico, y del intimismo en la elegía romana; que cantó sin igual a los amores de su Lesbia, principalmente, y también a Ipsilila, a Juvencio y a Licinio —que son de los que tenemos noticia—.


V

Vivamos, Lesbia mía, y amémonos,
sin que los rumores del anciano severo
nos importen un carajo.
El sol puede ponerse, y salir:
nosotros, una vez que se apague nuestra luz breve,
en una noche eterna dormiremos.
Dame mil besos, luego cien,
y otros mil, y después otros cien más,
posteriormente otros mil, luego cien,
de modo que, cuando acumulemos varios miles
perderemos la cuenta, siéndole imposible
al envidioso o a nosotros
saber cuántos han sido nuestros besos.

CIX

Gozoso y perpetuo, vida mía, me ofreces que será
este amor entre nosotros.
Dioses magnos, hagan que pueda prometerlo de veras
y que lo diga sinceramente su corazón,
para que podamos a lo largo de toda la vida
extender este pacto sagrado de amistad eterna.

 

Los originales latinos pueden leerse a continuación y, como siempre que hago una aproximación, invito a la lectora a que, partiendo de los originales, haga la suya y se apropie de este material legendario: Leer más “Dos de Catulo…”

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[Instrucciones para desatar la lujuria]

  1. VOY A BEBERME TODO TU CUERPO como quien se acaba una botella de aguardiente, apoyado a la vuelta del estanco que está a la salida del ingenio, sintiendo en la garganta esa aspereza ígnea que las rocas le comunican a las cañas: como una gata que se sume en un pozo dejando en el brocal sus garras de tizne, o la sequedad asfixiante que baña los cuerpos con su picadura de tábano, o el regusto que deja el filo del machete sobre la piel quemada por el sol.
  2. Voy a aspirar todo tu cuerpo como quien fuma el macuche en el crepúsculo definitivo del Nayar, musitando tres veces las sílabas indómitas de tus pechos de niña para el remolino incandescente del Abuelo, que todo lo perdona y todo lo purifica; ascendiendo con los ojos vendados al surco donde germinan los soles y tus manos desgranan la luz de cada racimo de tinieblas.
  3. Voy a atravesar todo tu cuerpo y tus sentidos, como quien cruza una cañada de humo, esa piel de Dios, en la que los ríos de estaño se remontan a su fuente de piedra hincada en las nubes; midiendo palmo a palmo la impaciencia de tus muslos felinos, sopesando en tus ojos la chispa que desencadena el relámpago, domesticando los delirios de tu lengua de loca y el olfato cansino por donde te susurra el mezcal.
  4. Pero te han investido con la autoridad imbatible del arrecife e irremisiblemente me hablas en la lengua del coral y su silencio.

[Crédito de la ilustración: Franco Goñi.]

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¿Había otra Troya para que la incendiara?

La vida y obra del poeta W[illiam] B[utler] Yeats —pronúnciese /jeɪts/— es compleja y vasta como la de pocos autores en lengua inglesa: Campeón del renacimiento cultural irlandés a fines del s. XIX, fue un denodado impulsor de un teatro y una lírica que asimilaran la tradición celta, el simbolismo, y los arquetipos presentes en todas las culturas; coqueteando siempre con el ocultismo y rechazando abiertamente la ciencia, tuvo un secretario genial (Ezra Pound, ni más ni menos, quien decía de él que “era el único poeta digno de estudiarse seriamente”) y “por su siempre inspirada poesía, que en una forma altamente artística expresa el espíritu de toda una nación“, le fue otorgado el Premio Nobel de Literatura en 1923.


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W.B. Yeats en 1903 (Foto de Alice Boughton.)

Sin embargo recordemos que Yeats se desenvolvió en un período de turbulencia política en Irlanda: la Rebelión de Pascua, independientemente de que se la considere el inicio de la independencia de este país, fue algo orquestado por el brazo armado de la Hermandad Republicana Irlandesa (de la que el poeta era miembro) y en medio de dicho alzamiento, Yeats se alejó casi por completo del núcleo político de ésta —el cual provenía de las clases católicas media y baja—, reservándose durante años los poemas inspirados por los acontecimientos.

(Elitista y antidemocrático, Yeats vio en los movimientos fascistas de Europa una respuesta vigorosa al individualismo y al liberalismo político que amenazaban el bienestar nacional y el orden público. Aunque posteriormente se alejó de estas doctrinas y no alcanzó a presenciar los excesos criminales de las mismas —murió el 28 de enero de 1939—, siempre fue un adherente del autoritarismo para cualesquiera liderazgos nacionales.)

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Maud Gonne McBride (s/f. Biblioteca del Congreso de los EEUU.)

El bosquejo anterior no estaría completo si no mencionamos a la revolucionaria y feminista irlandesa Maud Gonne. Maud fue una promotora incansable de la autodeterminación irlandesa en EEUU, Francia, Inglaterra, Gales y Escocia; sufragista y, no menos relevante, organizó protestas junto con el propio Yeats y el escritor y político Arthur Grifffith contra el Jubileo de Diamante de la Reina Victoria (1897).

Yeats estuvo perdidamente enamorado de Maud y le propuso matrimonio en cuatro ocasiones por lo menos entre 1891 y 1901 (los dos se conocían desde 1889). Como cabría esperar, su relación osciló entre periodos de bonanza y tormenta, concluyendo definitivamente en 1916. El poeta aseguraba que después del rechazo de 1891 habían comenzado los problemas en su vida; sin embargo, como atinadamente sugirió Maud en su autobiografía (A Servant of the Queen, 1938), su rechazo propulsó la lírica de Yeats y el mundo debería estarle agradecida por ello.

¿La razón del rechazo? La falta de radicalismo en el nacionalismo de Yeats y su escasa disposición para convertirse al catolicismo.


Maud Gonne aparece en un sinfín de composiciones de Yeats. Una de las más famosas es sin duda el poema No Second Troy del libro “The Green Helmet and Other Poems” (1910), donde el autor acuña un reclamo a lo largo de preguntas retóricas y acusa su dominio magistral de las formas clásicas de la lírica inglesa. El desenlace, retórico, inapelable y simbólico, eleva a Maud a la altura literaria de una Helena de Troya.

No hay otra Troya.

¿Por qué debería culparla de que llenó mis días
de miseria, o de que últimamente
enseñara a hombres ignorantes los caminos más violentos,
o sublevara a las callejuelas contra la grande
si su valor era igual a su deseo?
¿Qué podría pacificarla con una mente
que la nobleza hizo simple como un fuego,
con belleza equiparable a un arco tenso, un tipo
que no es natural en los tiempos que corren,
siendo altiva, solitaria y severísima?
¡Ah, qué podía haber hecho siendo lo que es?
¿Había otra Troya para que la incendiara?

El original de Yeats puede leerse en inglés aquí.

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[En el fondo de ti]

En el fondo de ti,
detrás de tus ojos gastados
por la letra y el relámpago,

debajo de las piedras
donde acaso el liquen ha descubierto
cómo derrotar a la Eternidad,
no con la impaciencia del fuego
—que agota su lenguaje en un par de sílabas
de exacción y de responso—,
sino con la constancia infalible
de la gota que horada
la prisión coralina
donde la sal estrangula los sargazos;

ahí donde las alas de la libélula,
dotadas de la conciencia febril
que sintetiza el vértigo con que nos desplazamos
en la cresta de la palabra “instante”,
sueñan con que engendran
ciclones y huracanes.

En el fondo de ti,
como una medusa varada
que paulatinamente se evapora
y se queda como impronta
del peso evanescente con que olvidamos el olvido
y el cuño imposible de las cosas que al desaparecer
advertimos más que nunca en la memoria.

Ahí
aguarda suspendida
en el diorama del Presente puntual,
una imagen bifronte
donde se conjugan Pasado y Futuro
como el ideograma imposible «la Nada es»,

ya para siempre ajenos
al sacrificio vicario
de la Inocencia indolente

y a la sola salvación posible
de tus manos que labran el eco.

[A A… , La Magdalena Contreras, CdMX, a 9 de julio de 2017.]

 

 

 

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A la chingada las lágrimas…

“Me avergüenzo de mí hasta los pelos por tratar de escribir estas cosas.” (Jaime Sabines).

No soy alguien a quien el llanto se le dé fácilmente. He arrostrado a lo largo de casi 40 años la muerte, el desengaño, la violencia y el desamparo, observando cómo se ha operado una revalorización de las lágrimas: a mí todavía me criaron bajo el precepto que “los niños no lloran”.


Naturalmente la primera violación a esta regla ocurrió como cuando tenía 6 ó 7 años y encontraron muerto en la calle a mi tío favorito; sin embargo, la cosa no es tan simple como parece. Las lágrimas se me saltaron cuando me percaté de mi condición mortal —nada había que nos distinguiera a mi tío Chucho y a mí excepto, quizás, la edad— y de que un día yo también tendría que morir al igual que todos.

Recuerdo especial merecen también todas las veces que un libro, una pintura o una música me han arrobado por la emoción o la tristeza de su discurso estético. En particular recuerdo el final del primer capítulo de Hijos de nuestro barrio del egipcio Nayib Mahfuz: Gabalaui perdona a Adham en su lecho de muerte y lo lleva consigo a la Casa Grande. El párrafo en el que se describe la agonía delirante de éste, en una de las sofocantes noches de El Cairo, así como la presencia imponentemente remordida de aquél, su padre, no dejan incólume al más duro.

Leer más “A la chingada las lágrimas…”

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Mano a mano por los juegos del lenguaje: Ludwig Wittgenstein y Guillaume Apollinaire.

1. Die Welt ist alles, was der Fall ist.

Pocas figuras literarias francesas han apostado tanto y con tanta convicción por las vanguardias artísticas como Wilhelm Apollinaris de Kostrowitzky, mejor conocido universalmente como Guillaume Apollinaire.

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El poeta, crítico de arte, dramaturgo y novelista G. Apollinaire.

Figura digna de una novela de Ernest Hemingway, se enroló en el ejército francés al inicio de la Primera Guerra Mundial, solicitando después su transferencia de la artillería a la infantería y leyendo el Mercure de France (según Roland Dorgelès, en la p. 344 de su Bouquet de bohème, Albin Michel, 1989) desde la trinchera en la que aguardaba las cargas de ésta. Resulta curioso que mientras esto ocurría, Ludwig Wittgenstein peleaba en las filas del ejército austro-húngaro en el frente ruso y, en su tiempo libre, escribía el Tractatus (que puede descargarse gratuita y legalmente aquí).

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Haz de la tarjeta de identidad de Ludwig Wittgenstein en el ejército austro-húngaro (en “Ludwig Wittgenstein: The Duty of Genius”, Ray Monk).
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Envés de la tarjeta de identidad militar de L. Wittgenstein (mismo crédito que en la imagen del haz).

Enterado de este hecho y sin ánimo alguno de que se tome en serio lo siguiente, siempre me causó gracia pensar que el obús que hirió a Apollinaire en la cabeza y que, a la larga, causaría su muerte, fue dirigido especialmente por el primer Wittgenstein como respuesta a los abusos del lenguaje de aquél en el poemario Alcoholes (1913) o, mejor aún, en los Caligramas (1918).

Entre los movimientos artísticos defendidos desde la trinchera literaria comandada por Apollinaire figuraron el futurismo, el dadaísmo, el cubismo en general —apoyará denodadamente a éste como “superación del realismo“— y Pablo Picasso en particular; así como el surrealismo antes de André Breton. A este respecto y a guisa de colofón, no puedo dejar de citar el pasaje emocionante de la introducción al ballet Parade —música de Erik Satie, vestuario y escenografía de Pablo Picasso, texto de Jean Cocteau y coreografía de Léonide Massine—, donde Apollinaire afirmó que:

«Cuando el hombre quiso imitar el andar, creó la rueda, que no se parece en nada a una pierna. Así hizo surrealismo sin saberlo.»


La tzigane.

La tzigane savait d’avance

Nos deux vies barrées par les nuits

Nous lui dîmes adieu et puis

De ce puits sortit l’Espérance.

 

L’amour lourd comme un ours privé

Dansa debout quand nous voulûmes

Et l’oiseau bleu perdit ses plumes

Et les mendiants leurs Ave.

 

On sait très bien que l’on se damne

Mais l’espoir d’aimer en chemin

Nous fait penser main dans la main

À ce qu’a predit la tzigane.

[Alcools suivi des Calligrammes; Pocket, Univers Poche, 2013, p. 80]

 

La gitana.

La gitana conocía de antemano

Nuestras vidas atrancadas por las noches

Le dijimos adiós y después

De este pozo surgió la Esperanza.

 

El amor grave como un oso domesticado

Bailó de pie cuando lo quisimos

Y el pájaro azul perdió sus plumas

Y los mendigos sus Aves.

 

Sabemos bien  que nos condenamos

Pero la expectativa de amar en camino

Nos hace pensar tomados de la mano

En aquello que ha predicho la gitana.


NOTAS:

  1. Nos deux vies barrées par les nuits: el verbo barrer significa, en su primera acepción, “cerrar colocando una barra por detrás”. Por extensión “cerrar, obstruir un camino, un pasaje” y, por elipsis, en sentido figurado, “atravesar, molestar a alguien en sus proyectos, en sus propósitos, suscitarle obstáculos; bloquear el camino.” De ahí mi aproximación que, en un primer momento, me hacía inclinarme por “obstruidas”.
  2. lourd comme un ours privé: el verbo priver, en su segunda voz, significa “volver privado, hablando de un animal”, i.e., domesticar, amansar. El problema en español es cómo evitar la cacofonía pesado/domesticado. He optado por la aproximación  grave/domesticado; aunque también podría utilizarse pesado/manso.
  3. El texto del caligrama que aparece como imagen destacada al principio es: Flèche saignante. Je porte au cœur une blessure ardente et elle me vient de toi ma Lou. Lou m’a percé le cœur et j’aime Lou. Proviene del libro Poèmes à Lou (1955, originalmente publicado como Ombre de mon amour, 1947) y que puede descargarse aquí.

 

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“El viaje a la Luna” (1902) de Georges Méliès.
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Daiquirís y Hemingway en Cuba: combinación ganadora.

(A Maira Arias Pérez, en agradecimiento por el libro que me zapateó inmerecidamente.)

Hasta la última vez que estuve en La Habana, en 2009, uno de los lugares de peregrinaje obligado para mis pulgas bibliófilas fue el Floridita, en la calle de Obispo.

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El Floridita (Foto: Miss Bono [zootalk])

Naturalmente éste está asociado con el nombre de uno de los grandes hijos adoptivos de la capital cubana: Ernest “Papa” Hemingway, quien durante los inviernos de 1932 a 1939 no solo ostentó la habitación 511 en el Hotel Ambos Mundos (también en la calle Obispo) sino que iba religiosamente a este bar, con “Mary” Martha Gellhorn —una corresponsal de guerra lo suficientemente bragada como para tolerar a Hemingway, de manera intermitente, de 1936 a diciembre de 1940 y ya casados desde entonces y hasta 1945— y cuantos invitados distinguidos atravesaran por la isla.


Hasta antes de 2003, uno evocaba al autor de “Por quien doblan las campanas” con un busto de bronce que se encontraba al final de la barra, el cual hacía juego con una serie de fotografías y el banco que, según la tradición, ocupaba aquél cuando iba por su daiquirí.

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Hemingway por José Villa Salmerón (Foto por: N/D — commonswiki)

Si bien es cierto que el busto se colocó desde 1954 (año en que ganó el Nobel) y que los pescadores cojímeros —fue en las inmediaciones de Cojímar donde Hemingway se abrevó de la mayoría de los elementos presentes en “El viejo y el mar”— donaron muchas de las propelas de sus embarcaciones para obtener la materia prima para vaciar la escultura, hasta el día de hoy nadie ha sabido darme razón de quién fue el artífice de ésta. Posteriormente se instaló una mole de tamaño natural y 300 kg manufacturada por José Villa Soberón.

Digresión etílica: El daiquirí tradicional se prepara de manera muy simple. Consiste en pasar por la coctelera 1.5 onzas de ron blanco, el jugo de medio limón (algunos prefieren lima) y una cucharada de azúcar. Según la Asociación Internacional de Cantineros (IBA) el resultado debe servirse en una martinera helada; pero de buena fuente sé que el tradicional se servía en un vaso jaibolero —y sí, cuando no se había inventado la coctelera, todo se mezclaba directamente en éste que, además, iba atiborrado de hielos—.
El cóctel con que Constantino Ribalaigua Vert “Constante” (tender y posterior propietario del Floridita) obsequió a Hemingway fue exactamente como el anterior; sin embargo se dice que éste respondió que lo prefería prácticamente sin azúcar y con el doble de ron: así nació el Papa doble que, la verdad sea dicha, no es más que un sour de ron. Posteriormente Antonio Meilán ascendió a cantinero principal y modificó la receta añadiéndole jugo de toronja y unas gotas de licor de cereza, haciendo el mejunje que se sirve en la actualidad.

Se cuenta que el Viejo se tomó 16 Papa dobles en una sola —¡e histórica!— sentada.


La página recordada de hoy consiste de dos párrafos de A Farewell to Arms (sí, arm significa “arma”, pero también “brazo” y, dado el conflicto narrativo de esta novela, prefiero dejar la anfibiología intraducible en el idioma original). La primera viene del capítulo 6 y refiere el apremio con el que Frederic Henry (Hemingway) quiere seducir a la enfermera británica Catherine Barkley:

«[…]La volteé de modo que pudiese ver su cara al besarla y vi que sus ojos estaban cerrados. Besé cada uno de sus ojos cerrados. Pensé que probablemente estaba un poco loca. Estaba bien si era así. No me importaba en qué me estaba metiendo. Esto era mejor que ir cada tarde a la casa para oficiales, donde las chicas se subían en ti y volteaban tu gorra como signo de afecto entre sus viajes escaleras arriba con oficiales hermanos. Sabía que no amaba a Catherine Barkley ni tenía intención alguna de amarla. Esto era un juego, como el bridge, en el cual decías cosas en vez de jugar cartas. Como el bridge tenías que fingir que estabas jugando por dinero o por alguna apuesta. Nadie había mencionado cuál era ésta, lo cual por mí estaba bien.» (p. 29 de la edición de Arrow Books, 1994).

La siguiente página viene del capítulo 11, es el diálogo entre Frederic Henry y el capellán, originario de Abruzzi, que llega a visitarlo a la enfermería.

«Me miró y sonrió.

‘Entiendes, pero no amas a Dios.’

‘No.’

‘¿No Lo amas del todo?’ Preguntó.

‘Algunas veces Le temo durante la noche.’

‘Deberías amarlo.’

‘No amo mucho.’

‘Sí,’ dijo. ‘Lo haces. Aquello sobre lo que me cuentas durante las veladas. Eso no es amor. Es solo pasión y lujuria. Cuando amas deseas llevarle cosas a cabo. Deseas sacrificarte. Deseas servirle.’

‘Yo no amo.’

‘Lo harás. Sé que lo harás. Entonces serás feliz.’

‘Soy feliz. Siempre lo he sido.’

‘Es otra cosa. No puedes saberlo a menos que lo hayas vivido.’

‘Bueno,’ dije. ‘Si alguna vez lo hago se lo diré.’

‘He permanecido mucho tiempo aquí y he hablado demasiado.’ Le preocupaba que realmente fuese así.

‘No, no se vaya. ¿Qué hay de amar mujeres? Si en verdad amara a una mujer ¿sería parecido?’

‘No lo sé. Nunca he amado a una mujer.’» (p. 66).

Es justamente el contraste entre estas páginas el que el lector debe tener presente durante toda la novela.