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A la chingada las lágrimas…

“Me avergüenzo de mí hasta los pelos por tratar de escribir estas cosas.” (Jaime Sabines).

No soy alguien a quien el llanto se le dé fácilmente. He arrostrado a lo largo de casi 40 años la muerte, el desengaño, la violencia y el desamparo, observando cómo se ha operado una revalorización de las lágrimas: a mí todavía me criaron bajo el precepto que “los niños no lloran”.


Naturalmente la primera violación a esta regla ocurrió como cuando tenía 6 ó 7 años y encontraron muerto en la calle a mi tío favorito; sin embargo, la cosa no es tan simple como parece. Las lágrimas se me saltaron cuando me percaté de mi condición mortal —nada había que nos distinguiera a mi tío Chucho y a mí excepto, quizás, la edad— y de que un día yo también tendría que morir al igual que todos.

Recuerdo especial merecen también todas las veces que un libro, una pintura o una música me han arrobado por la emoción o la tristeza de su discurso estético. En particular recuerdo el final del primer capítulo de Hijos de nuestro barrio del egipcio Nayib Mahfuz: Gabalaui perdona a Adham en su lecho de muerte y lo lleva consigo a la Casa Grande. El párrafo en el que se describe la agonía delirante de éste, en una de las sofocantes noches de El Cairo, así como la presencia imponentemente remordida de aquél, su padre, no dejan incólume al más duro.

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El problema de tu nombre.

Para ella, que me mira morir.

El problema de tu nombre

es que me recuerda

un vino azul con sabor a mariposas

las cenizas del arce con las que sepultamos el invierno

y los símbolos de la paz esculpidos con sangre

y el pueblo que perdió la capacidad de interpretarlos

unas manos desbocadas que despepitaban las noches de junio

así como una luciérnaga que anhelaba ser incendio

la lluvia amarga

y un río revuelto que no es ganancia de nadie

—porque peces y pescadores agonizan enfermos de espanto

una tarde de otoño donde el calor del día

se extiende lastimero como un gemido

y en lo más profundo de un callejón

aguarda el Placer agazapado

una nube tibia en lo más alto del día

 

y un cielo escampado donde el sol sepulta su rezongo.

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Unos poemas de López Velarde para no morir.

El año pasado se cumplieron 100 años del poemario La sangre devota, celebrados discretamente por un puñado de lectores que tenemos presente a su autor. Éste ha sido citado y recordado en estas páginas previamente, si bien no hemos invocado poema alguno de la obra anterior. En este entrada remediamos esto con un poema emblemático que cerraba la primera edición de la misma:

Y pensar que pudimos…

Y pensar que extraviamos
la senda milagrosa
en que se hubiera abierto
nuestra ilusión, como perenne rosa…

Y pensar que pudimos
enlazar nuestras manos
y apurar en un beso
la comunión de fértiles veranos…

Y pensar que pudimos,
en una onda secreta
de embriaguez, deslizarnos,
valsando un vals sin fin, por el planeta…

Y pensar que pudimos,
al rendir la jornada,
desde la sosegada
sombra de tu portal y en una suave
conjunción de existencias,
ver las cintilaciones del Zodíaco
sobre la sombra de nuestras conciencias…

c.1916


P[ost] S[criptum]: En 1919 se cumplirán 100 años de uno de los textos fundamentales de la poesía mexicana del s. XX y acuñado por el mismo autor de los versos anteriores: ramon_lZozobra de Ramón López Velarde. De ésta es el siguiente poema, hermanado con el anterior por la fecha de su escritura:

Que sea para bien…

Ya no puedo dudar… Diste muerte a mi cándida
niñez, toda olorosa a sacristía, y también
diste muerte al liviano chacal de mi cartuja.
Que sea para bien…

Ya no puedo dudar… Consumaste el prodigio
de, sin hacerme daño, sustituir mi agua clara
con un licor de uvas… Y yo bebo
el licor que tu mano me depara.

Me revelas la síntesis de mi propio zodíaco:
el León y la Virgen. Y mis ojos te ven
apretar en los dedos —como un haz de centellas—
éxtasis y placeres. Que sea para bien…

Tu palidez denuncia que en tu rostro
se ha posado el incendio y ha corrido la lava…
Día último de marzo; emoción, aves, sol…
Tu palidez volcánica me agrava.

¿Ganaste ese prodigio de pálida vehemencia
al huir, con un viento de ceniza,
de una ciudad en llamas? ¿O hiciste penitencia
revolcándote encima del desierto? ¿O, quizá,
te quedaste dormida en la vertiente
de un volcán, y la lava corrió sobre tu boca
y calcinó tu frente?

¡Oh tú, reveladora, que traes un sabor
cabal para mi vida, y la entusiasmas:
tu triunfo es sobre un motín de satiresas
y un coro plañidero de fantasmas!

Yo estoy en la vertiente de tu rostro, esperando
las lavas repentinas que me den
un fulgurante goce. Tu victorial y pálido
prestigio ya me invade… ¡Que sea para bien!

c. 1916.

 

Un par de poemas para oponerse a la angustia mortal y, como decía Efraín Huerta, el Cocodrilo, “no morir de amor.”

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Mano a mano por los juegos del lenguaje: Ludwig Wittgenstein y Guillaume Apollinaire.

1. Die Welt ist alles, was der Fall ist.

Pocas figuras literarias francesas han apostado tanto y con tanta convicción por las vanguardias artísticas como Wilhelm Apollinaris de Kostrowitzky, mejor conocido universalmente como Guillaume Apollinaire.

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El poeta, crítico de arte, dramaturgo y novelista G. Apollinaire.

Figura digna de una novela de Ernest Hemingway, se enroló en el ejército francés al inicio de la Primera Guerra Mundial, solicitando después su transferencia de la artillería a la infantería y leyendo el Mercure de France (según Roland Dorgelès, en la p. 344 de su Bouquet de bohème, Albin Michel, 1989) desde la trinchera en la que aguardaba las cargas de ésta. Resulta curioso que mientras esto ocurría, Ludwig Wittgenstein peleaba en las filas del ejército austro-húngaro en el frente ruso y, en su tiempo libre, escribía el Tractatus (que puede descargarse gratuita y legalmente aquí).

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Haz de la tarjeta de identidad de Ludwig Wittgenstein en el ejército austro-húngaro (en “Ludwig Wittgenstein: The Duty of Genius”, Ray Monk).
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Envés de la tarjeta de identidad militar de L. Wittgenstein (mismo crédito que en la imagen del haz).

Enterado de este hecho y sin ánimo alguno de que se tome en serio lo siguiente, siempre me causó gracia pensar que el obús que hirió a Apollinaire en la cabeza y que, a la larga, causaría su muerte, fue dirigido especialmente por el primer Wittgenstein como respuesta a los abusos del lenguaje de aquél en el poemario Alcoholes (1913) o, mejor aún, en los Caligramas (1918).

Entre los movimientos artísticos defendidos desde la trinchera literaria comandada por Apollinaire figuraron el futurismo, el dadaísmo, el cubismo en general —apoyará denodadamente a éste como “superación del realismo“— y Pablo Picasso en particular; así como el surrealismo antes de André Breton. A este respecto y a guisa de colofón, no puedo dejar de citar el pasaje emocionante de la introducción al ballet Parade —música de Erik Satie, vestuario y escenografía de Pablo Picasso, texto de Jean Cocteau y coreografía de Léonide Massine—, donde Apollinaire afirmó que:

«Cuando el hombre quiso imitar el andar, creó la rueda, que no se parece en nada a una pierna. Así hizo surrealismo sin saberlo.»


La tzigane.

La tzigane savait d’avance

Nos deux vies barrées par les nuits

Nous lui dîmes adieu et puis

De ce puits sortit l’Espérance.

 

L’amour lourd comme un ours privé

Dansa debout quand nous voulûmes

Et l’oiseau bleu perdit ses plumes

Et les mendiants leurs Ave.

 

On sait très bien que l’on se damne

Mais l’espoir d’aimer en chemin

Nous fait penser main dans la main

À ce qu’a predit la tzigane.

[Alcools suivi des Calligrammes; Pocket, Univers Poche, 2013, p. 80]

 

La gitana.

La gitana conocía de antemano

Nuestras vidas atrancadas por las noches

Le dijimos adiós y después

De este pozo surgió la Esperanza.

 

El amor grave como un oso domesticado

Bailó de pie cuando lo quisimos

Y el pájaro azul perdió sus plumas

Y los mendigos sus Aves.

 

Sabemos bien  que nos condenamos

Pero la expectativa de amar en camino

Nos hace pensar tomados de la mano

En aquello que ha predicho la gitana.


NOTAS:

  1. Nos deux vies barrées par les nuits: el verbo barrer significa, en su primera acepción, “cerrar colocando una barra por detrás”. Por extensión “cerrar, obstruir un camino, un pasaje” y, por elipsis, en sentido figurado, “atravesar, molestar a alguien en sus proyectos, en sus propósitos, suscitarle obstáculos; bloquear el camino.” De ahí mi aproximación que, en un primer momento, me hacía inclinarme por “obstruidas”.
  2. lourd comme un ours privé: el verbo priver, en su segunda voz, significa “volver privado, hablando de un animal”, i.e., domesticar, amansar. El problema en español es cómo evitar la cacofonía pesado/domesticado. He optado por la aproximación  grave/domesticado; aunque también podría utilizarse pesado/manso.
  3. El texto del caligrama que aparece como imagen destacada al principio es: Flèche saignante. Je porte au cœur une blessure ardente et elle me vient de toi ma Lou. Lou m’a percé le cœur et j’aime Lou. Proviene del libro Poèmes à Lou (1955, originalmente publicado como Ombre de mon amour, 1947) y que puede descargarse aquí.

 

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“El viaje a la Luna” (1902) de Georges Méliès.
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Daiquirís y Hemingway en Cuba: combinación ganadora.

(A Maira Arias Pérez, en agradecimiento por el libro que me zapateó inmerecidamente.)

Hasta la última vez que estuve en La Habana, en 2009, unos de los lugares de peregrinaje obligado para mis pulgas bibliófilas fue el Floridita, en la calle de Obispo.

El_Floridita
El Floridita (Foto: Miss Bono [zootalk])

Naturalmente éste está asociado con el nombre de uno de los grandes hijos adoptivos de la capital cubana: Ernest “Papa” Hemingway, quien durante los inviernos de 1932 a 1939 no solo ostentó la habitación 511 en el Hotel Ambos Mundos (también en la calle Obispo) sino que iba religiosamente a este bar, con “Mary” Martha Gellhorn —una corresponsal de guerra lo suficientemente bragada como para tolerar a Hemingway, de manera intermitente, de 1936 a diciembre de 1940 y ya casados desde entonces y hasta 1945— y cuantos invitados distinguidos atravesaran por la isla.


Hasta antes de 2003, uno evocaba al autor de “Por quien doblan las campanas” con un busto de bronce que se encontraba al final de la barra, el cual hacía juego con una serie de fotografías y el banco que, según la tradición, ocupaba aquél cuando iba por su daiquirí.

Statue_of_Hemingway_at_Floridita
Hemingway por José Villa Salmerón (Foto por: N/D — commonswiki)

Si bien es cierto que el busto se colocó desde 1954 (año en que ganó el Nobel) y que los pescadores cojímeros —fue en las inmediaciones de Cojímar donde Hemingway se abrevó de la mayoría de los elementos presentes en “El viejo y el mar”— donaron muchas de las propelas de sus embarcaciones para obtener la materia prima para vaciar la escultura, hasta el día de hoy nadie ha sabido darme razón de quién fue el artífice de ésta. Posteriormente se instaló una mole de tamaño natural y 300 kg manufacturada por José Villa Soberón.

Digresión etílica: El daiquirí tradicional se prepara de manera muy simple. Consiste en pasar por la coctelera 1.5 onzas de ron blanco, el jugo de medio limón (algunos prefieren lima) y una cucharada de azúcar. Según la Asociación Internacional de Cantineros (IBA) el resultado debe servirse en una martinera helada; pero de buena fuente sé que el tradicional se servía en un vaso jaibolero —y sí, cuando no se había inventado la coctelera, todo se mezclaba directamente en éste que, además, iba atiborrado de hielos—.
El cóctel con que Constantino Ribalaigua Vert “Constante” (tender y posterior propietario del Floridita) obsequió a Hemingway fue exactamente como el anterior; sin embargo se dice que éste respondió que lo prefería prácticamente sin azúcar y con el doble de ron: así nació el Papa doble que, la verdad sea dicha, no es más que un sour de ron. Posteriormente Antonio Meilán ascendió a cantinero principal y modificó la receta añadiéndole jugo de toronja y unas gotas de licor de cereza, haciendo el mejunje que se sirve en la actualidad.

Se cuenta que el Viejo se tomó 16 Papa dobles en una sola —¡e histórica!— sentada.


La página recordada de hoy consiste de dos párrafos de A Farewell to Arms (sí, arm significa “arma”, pero también “brazo” y, dado el conflicto narrativo de esta novela, prefiero dejar la anfibiología intraducible en el idioma original). La primera viene del capítulo 6 y refiere el apremio con el que Frederic Henry (Hemingway) quiere seducir a la enfermera británica Catherine Barkley:

«[…]La volteé de modo que pudiese ver su cara al besarla y vi que sus ojos estaban cerrados. Besé cada uno de sus ojos cerrados. Pensé que probablemente estaba un poco loca. Estaba bien si era así. No me importaba en qué me estaba metiendo. Esto era mejor que ir cada tarde a la casa para oficiales, donde las chicas se subían en ti y volteaban tu gorra como signo de afecto entre sus viajes escaleras arriba con oficiales hermanos. Sabía que no amaba a Catherine Barkley ni tenía intención alguna de amarla. Esto era un juego, como el bridge, en el cual decías cosas en vez de jugar cartas. Como el bridge tenías que fingir que estabas jugando por dinero o por alguna apuesta. Nadie había mencionado cuál era ésta, lo cual por mí estaba bien.» (p. 29 de la edición de Arrow Books, 1994).

La siguiente página viene del capítulo 11, es el diálogo entre Frederic Henry y el capellán, originario de Abruzzi, que llega a visitarlo a la enfermería.

«Me miró y sonrió.

‘Entiendes, pero no amas a Dios.’

‘No.’

‘¿No Lo amas del todo?’ Preguntó.

‘Algunas veces Le temo durante la noche.’

‘Deberías amarlo.’

‘No amo mucho.’

‘Sí,’ dijo. ‘Lo haces. Aquello sobre lo que me cuentas durante las veladas. Eso no es amor. Es solo pasión y lujuria. Cuando amas deseas llevarle cosas a cabo. Deseas sacrificarte. Deseas servirle.’

‘Yo no amo.’

‘Lo harás. Sé que lo harás. Entonces serás feliz.’

‘Soy feliz. Siempre lo he sido.’

‘Es otra cosa. No puedes saberlo a menos que lo hayas vivido.’

‘Bueno,’ dije. ‘Si alguna vez lo hago se lo diré.’

‘He permanecido mucho tiempo aquí y he hablado demasiado.’ Le preocupaba que realmente fuese así.

‘No, no se vaya. ¿Qué hay de amar mujeres? Si en verdad amara a una mujer ¿sería parecido?’

‘No lo sé. Nunca he amado a una mujer.’» (p. 66).

Es justamente el contraste entre estas páginas el que el lector debe tener presente durante toda la novela.

 

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Juegos de palabras y paronomasias en catalán intraducibles al castellano.

Traducir es traicionar y todo el mundo lo sabe. Más cuando el autor original decide enriquecer sus líneas con figuras retóricas, calambures, paronomasias y retruécanos.

En días pasados aproximé un texto del poemario Missa pro Carnavale Mortis II. Kyrie del barcelonés Albert Ubach Vilarmau. En vista del éxito obtenido y aun a costa de lo dicho en el párrafo anterior, ofrezco hoy las siguientes aproximaciones para el público conocedor de esta blogósfera (las notas a las mismas se encuentran al final de la entrada):


IX

Por huir de las cadenas,

las cadenas me han atado

a celdas de libertad.

.

He forjado un cautiverio

cercado con libertad

del triángulo alrevesado.

Por huir del pensamiento

me he vuelto sirviente eterno

del amor-morir hincado.

* * *

premi-poesia-
De izq. a der.: Josep Fàbrega y Albert Ubach, ganadores del 35e Premi de Poesia Jacint Verdaguer. (Crédito: Ajuntament de Calldetenes, 2016)

X

 

No hace al caso un cuerpo cosido

con la fe que lo hace confuso.

.

Son aguijones de escorpión

las risotadas del bufón

que ocultan ruin ensoñación:

yo soy la cuerda de este nudo.

.

Se abren paso los alacranes,

su peso se siente en las manos

y los miedos, pasado el antes,

ya se hacen presentes más duros.

.

FIN

La ferida se me infecta

si el veneno que se inyecta

es la farsa más abyecta:

el deseo y su rechazo.

.

Naturalmente este esfuerzo aproximativo sería nada sin las versiones originales de las que, huelga decirlo, no me arrogo ningún derecho y las presento tal y como fueron editadas por Columna en 2001:

IX

Per fugir de les cadenes,

les cadenes m’han lligat

a presons de llibertat.

.

He forjat un captiveri

encerclat amb llibertat

del triangle capgirat.

Per fugir del pensament

m’he tornat etern servent

a l’amort agenollat.

* * *

X

No ve al cas un cos qu’es cus

amb la fe qu’el fa confús.

.

Són agulles d’escorpins

les rialles d’arlequins

amagant somnis mesquins:

sóc la corda d’aquest nus.

.

S’obren pas els alacrans,

el seu pes tinc a les mans

i les pors, després d’abans,

ara són presents més durs.

.

FI

La ferida se m’infecta

si el verí que se m’injecta

és la farsa més abjecta:

el desig i el seu refús.

NOTAS:

  1. IX En todo el poema logré aproximar octosílabos con octosílabos y el esquema de rimas ABB-CBBDDB con ABC-DCBEFFE, usando asonantes en algunos casos.
  2. …[S]ervent/ a l’amort agenollat. Juego de palabras intraducible en que el autor fusiona “amor” y “mort” (muerte) en una palabra. Fonéticamente la frase es indistinguible de “servent a la mort agenollat” (sirviente de la muerte arrodillado).
  3. X En las primeras tres estrofas sustituí los octosílabos por eneasílabos.
  4. No ve al cas un cos qu’es cus. Literalmente “no viene al caso un cuerpo que se cose”. Tres monosílabos paronomásticos en catalán e imposibles de verter al castellano.
  5. El FIN está vertido en octosílabos (como en el original) apelando al desusado ferida y lamentando que “rehusar” o “rehusarse” no admitan un sustantivo análogo a refús (de refusar o refusar-se) y haya tenido que emplear “rechazo”.
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Piazza Navona, Príapo y la poesía de Pavese.

Chi ama me, ama il mio cane.

Pocos o prácticamente ninguno de los miles de turistas que visitan Roma cada año saben que ésta se encuentra a cerca de 20 km del Mediterráneo, razón por la cual el verano, específicamente julio y agosto, suele ser caluroso, húmedo y potencialmente insoportable en algunos espacios cerrados que no cuenten con la ventilación adecuada. Por consiguiente, aquellos locales que no hayan salido de la ciudad para veranear a sus anchas en la playa o en el campo, así como las legiones de extranjeros que campean contra las inagotables aglomeraciones en museos, sitios turísticos, cafés, gelaterias y restaurantes, buscarán con frenesí el entregarse a los generosos espacios públicos con que la Ciudad de las Siete Colinas los ampara; pues a diferencia de otras capitales europeas, Roma cuenta con una considerable extensión de áreas verdes integradas a su paisaje urbano, las que, junto con sus incontables plazas, ofrecen el solaz y el refresco a todo aquel que lo necesita.


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Las siete colinas. (Crédito:_Seven_Hills_of_Rome.svg: Renata3 derivative work: εΔω).

De este modo si uno logra sustraerse a la oferta rampante de baratijas y de personas que ofrecen echarte la buena ventura, armándose con una botella de vino, un buen panino y una mejor lectura, será posible arrostrar cualesquiera tardes veraniegas que la Ciudad Eterna despliegue ante ti. Mi consentida —por múltiples razones que no vienen a cuento hoy— siempre fue la Piazza Navona: oblonga, pues abarca lo que fuera el espacio abierto de un estadio, colmada con algunos de los monumentos con mayores implicaciones simbólicas en Roma, salvo por el hecho de que casi todo lo está, y cerca de la Piazza della Rotonda, donde se encuentra el Panteón de Agripa, pero no tan bulliciosa como ésta.

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La Piazza della Rotonda y el Panteón de Agripa. (Crédito: Marco Verch).

(Algún día alguien recuérdeme escribir sobre la procesión de borregos —sí, sé que a su modo, todos los que asisten a procesiones lo son—, a la Iglesia de Santa Inés en Agonía en la Piazza Navona donde, de acuerdo con la autoridad de esa entelequia llamada la tradición, había un prostíbulo romano y hacia él procesionaban los adoradores de Príapo con intenciones mucho más pías).

El poema de hoy es de uno de mis autores italianos favoritos, Cesare Pavese (1908-1950) quien debutó al tope de sus capacidades poéticas con un poemario sublime: Lavorare stanca (Trabajar cansa, 1936 + añadidos de 1946), contribuyó a la fundación de la prestigiosa editorial Einaudi, así como al advenimiento de una crítica literaria que allanó el camino para mucha de la literatura italiana que se manufacturó en la Posguerra. Esto sin olvidar sus traducciones al italiano de obras en inglés de gran calado tales como Moby Dick, David Copperfield, Retrato del artista adolescente y Paralelo 42, entre otras.

In the morning you always come back.

Lo spiraglio dell’alba

respira con la tua bocca

in fondo alle vie vuote.

Luce grigia i tuoi occhi,

dolce gocce dell’alba

sulle colline scure.

Il tuo passo e il tuo fiato

come il vento dell’alba

sommergono le case.

La città abbrividisce,

odorano le pietre –

sei la vita, il risveglio.

.

Stella sperduta

nella luce dell’alba,

cigolío della brezza,

tepore, respiro –

è finita la notte.

.

Sei la luce e il mattino.

Este poema (con título en inglés en el original) es el segundo en el poemario Verrà la morte e avrà i tuoi occhi (Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, publicado póstumamente en 1951) y que, como todos los poemas inéditos aparecidos en éste, está dedicado a la actriz Constance Dowling, quien será la última decepción amorosa de Pavese y motivará su suicidio el 27 de agosto de 1950.

In the morning you always come back.

La hendidura del alba

respira con tu boca

al final de las calles vacías.

Luz gris tus ojos,

dulces gotas del alba

sobre colinas oscuras.

Tu paso y tu aliento

como el viento del alba

sumergen las casas.

La ciudad se calosfría,

huelen las piedras –

eres la vida, el despertar.

.

Estrella perdida

en la luz del alba,

rechinido de la brisa,

tibieza, respiro –

ha terminado la noche.

.

Eres la luz y la mañana.

[19-20 de marzo de 1950.]

NOTAS:

  1. Lo spiraglio dell’alba: “Spiraglio” puede significar resquicio (el espacio que existe entre la puerta y el umbral de la misma), hendidura, tragaluz e, inclusive, Oxford la traduce al inglés como gleam of light; sin embargo, la primera acepción que da el Gran Dizionario Italiano es la que elegí aquí.
  2. La città abbrividisce: “Abbrividire” es tener escalofríos, tiritar o estremecerse; sin embargo, bien puede utilizarse el verbo calosfriarse, si bien la entrada calosfrío en el Diccionario de la RAE remite a escalofrío.

 

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Un texto de Beda el Venerable.

Recuerdo de unos pasos que di allá por 1998.

Es una mañana húmeda propia del noreste de Inglaterra. Una lluvia muy fina, acentuada por súbitas ráfagas de viento del norte, me golpea en el rostro e impide que saque con confianza el pequeño mapa plegable que tomé en la parada del bus o que insista en llevar mis lentes secos para una mejor visión de los alrededores. Lo único que me queda es caminar, caminar y seguir caminando a lo largo de estas veredas vacías que flanquean el que, a mi parecer, es el único camino que atraviesa el pueblo y que, si todo sale bien, han de conducirme a mi destino cerca de la costa.


He pasado el único hotel con restaurante en servicio que aparecía mencionado en el resumen de la escasa infraestructura turística del lugar. Paré a tomarme un té —¡naturalmente!— y desayunar huevos de pato, tocino, puré de papas y  una dotación abundante de scones. Mi acento despierta rápidamente suspicacias y la dependienta me pregunta, sabiendo de antemano mi respuesta, si estoy allí por la sola atracción responsable de los pocos turistas que perturban la de otro modo monolítica e indiferente tranquilidad de este pueblo que no tiene más de 400 habitantes; sin embargo, su sorpresa es mayor cuando se entera que provengo de México, que en mi mochila de lona solo cargo calcetines, un pase de tren y tres libros: la edición Oxford de los Poetical Works de Milton y la Historia Brittonum, que compré en una librería de segunda mano en Charing Cross, así como la Nueva antología personal de J. L. Borges de s. XXI Editores. Cuando empezamos a platicar sobre la historia local —que parece remontarse a los siglos IV-V de nuestra era y de la que, mañosamente, había leído esa mañana en el tren en el texto atribuido a Nennio—, la mujer agradece mi interés y el que no sea yo uno más de esos turistas que no tienen ni idea de lo que pasó allí y que solo contemplan un montón de rocas o las dunas. Sinceramente espero que, al igual que mi padre, no haya vivido lo suficiente como para asistir al advenimiento de las selfies y el Snapchat.

Cuando salgo e intento retomar mi camino (no estoy ni a un kilómetro de mi destino) hace más viento y está lloviendo. No cae a cántaros, pero las gotas gruesas indican que ha dejado de ser una llovizna —it ain’t pouring, but it ain’t drizzling either—. Maldigo mi proclividad a charlar con los locales y recorro, penosamente, la aproximadamente media milla que me queda por delante, refrendando el hecho de que cuando desconocemos el camino que nos falta por hacer, nuestra percepción del tiempo y la distancia se ralentiza significativamente.

Finalmente consigo llegar: estoy en el castillo de Bamburgh, en Norþanhymbra. He llegado hasta aquí, no recuerdo si vía Durham o York, desde Londres y empujado por un solo verso:

“[P]or el idioma que, hace siglos, hablé en Nortumbria,”

del Otro poema de los dones. Pasaré  todo el día recorriendo el castillo, la bajamar cercana, la iglesia de San Aidan y el monumento a Grace Darling que pueden ver los barcos desde el mar. Los ecos ásperos del nortumbrio resonarán con el viento marino en lo alto del día. Es la Canción de la Muerte de Beda:

Fore thaem neidfaerae || naenig uuiurthit
thoncsnotturra, || than him tharf sie
to ymbhycggannae || aer his hiniongae
huaet his gastae || godaes aeththa yflaes
aefter deothdaege || doemid uueorthae.

(Cómo suena esto en nortumbrio puede oírse aquí).

Que Brice Stratford traduce, hemistiquio a hemistiquio, como sigue:

‘Fore the enforced-walk || none comes to be
wise to malice || more than him that must
with mindfulness think back, || before his going hence,
on what his breath’s || bad, good, right or evil,
after death-day’s ending, || on judgement comes to be.

Tal y como comenta en su blog, enriqueciendo la lectura del texto que hoy nos ocupa con más aproximaciones, el poema es más sobre el miedo a la transición que sobre el miedo a la muerte, lo cual no deja de ser debatible aun proviniendo de un monje agonizante en el año 735.

Antes de la jornada inevitable || nadie será
más sagaz en la malicia || que aquel que debe
con plena conciencia rememorar, || por ende antes de su partida,
qué de su aliento || malo, bueno, correcto o perverso,
después de rendido el día de la muerte, || en el juicio será.

(Otra aproximación de este texto puede hallarse a medio camino aquí).

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Vanagloria y un poema de Albert Ubach.

No te vanaglories de haber encontrado a la mujer jodidamente perfecta para ti. La perfección no existe ni siquiera en sentido relativo: prefiere lo simple, descubre los defectos y ama a la mujer que la marea deposita en la orilla. No, desengáñate, tú no eres la playa pedregosa donde aquélla se incorpora, eres un náufrago al igual que ella y ambos se han abrazado para que el mar no arroje sus cadáveres a solas.


albert_ubach
Albert Ubach Vilarmau.

El poema de hoy es de Albert Ubach y forma parte de su poemario Missa pro Carnavale Mortis II. Kyrie, que en el 2000 ganó el Premio Octavio Paz de Poesía. El original (en catalán y que viene después de mi aproximación) fue publicado por Columna, en su Col⋅leció Àuria, en mayo del 2001:

V

que quien cae de cabeza al fuego

ya nunca más sale del juego

cierra el fuego los ojos y el clavo

lleno de sangre en la herida

que si ves de golpe el fraude

ya nunca más sales del juego

que quien duerme no ve menos claro

no hay dado si no hay mano

pierde el juego quien no hace nada

dice quien cae de cabeza al fuego


Missa
La obra ganadora del Premio Octavio Paz de Poesía 2000.

V

que qui cau de cap al foc

ja mai més no surt del joc

clou el foc els ulls i el clau

ple de sang a dins del trau

que si veus de cop el frau

ja mai més no surts del joc

que qui dorm no hi veu menys clar

no hi ha dau si no hi ha mà

perd el joc qui res no fa

diu qui cau de cap al foc

Destacado

Intermezzo.

Naturalmente estas páginas recordadas acusan mi olvido. Sin embargo, aún estoy tan cansado de las faenas de los últimos días que no tengo aliento para nada más que lo que contiene este intermedio. Un poemita de Leonard Cohen que seguramente le encantará a mis amigos lógicos de Ciencias y a mis amigos filósofos de la FFyL encargados de polemizar, unos y otros, sobre el libre albedrío y la determinación. En cuanto me reponga volverán las entradas de amplio recorrido. Uale!

Diversión.

Es tan divertido

creer en Di*s

Deberías intentarlo alguna vez

Inténtalo ahora

y descubre si

o no

Di*s quiere

que creas en Él.

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La mejor novela de García Márquez.

Si una cosa me dejó la lectura temprana de “El amor en los tiempos del cólera” acometida a principios de los noventa, fue la certeza remordida de que uno, normalmente, no ama a los que quiere sino a los que puede y que la reciprocidad amorosa es un negocio cuya apreciación se modifica conforme pasan los años: el fiel de la balanza se desliza lentamente del extremo de la volatilidad erótica y la intensidad dramática hasta el extremo de la conmiseración incondicional y la ternura sin límite de quien chupa un muégano porque ya no tiene dientes para cascarlo. Es en la descripción de este proceso donde reside, para mí, el valor de esta novela de García Márquez de la que, además, puede decirse que es terriblemente escasa en su cantidad de diálogos, pero que contiene sin duda algunos de los mejores acuñados por el colombiano.


Tiempo después mi mentor y amigo, Carlos Álvarez, consignó en alguna de nuestras charlas de café, vida y matemáticas su porqué esta le parecía la mejor novela de Gabo: era un muestrario de lo que, hacia el final de la vida, debía aparecer en el inventario de amorésta. Algo que se alejara del confieso que he vivido de Neruda y  prescindiera de la contrición que puede arrastrar consigo la “confesión”: La relación de los hechos de cualquier vida, profundamente humana y, como tal, plagada de yerros, abundará en conductas que no enorgullezcan a nadie y otras, rayanas en lo heroico, que sean dignas de alabanza. Al final, como dijo J. L. Borges —al que siempre hay que citar con cuidado— haciendo abstracción de cualesquiera Jueces, “otro Cielo no esperes, ni otro Infierno.

Es en este sentido que “El amor…”, rebasa la dimensión onírica, profética y de aliento épico de “Cien años de soledad”, oponiendo a la proliferación cíclica de temperamentos en el árbol genealógico de los Buendía la llaneza de Florentino Ariza y la obcecación —¡cuánto me gusta esta palabra!— de Fermina Daza, en una dimensión que es susceptible de hablarle a cualquier persona: huelga decir que, contrario a lo que suele ocurrir con muchos de los que sitúan “Cien años de soledad” por encima de “El amor…”, a mí el realismo mágico de aquélla me aleja drásticamente de una identificación plena con cualquiera de sus personajes (¡claro! ¿A quién no le gustaría estar frente a un pelotón de fusilamiento y recordar el día en que su padre lo llevó a conocer el hielo?) Sin embargo, como podrá corroborar fácilmente la lectora, los ires y venires de la vida no podrían ser ni estar mejor evocados que en las cuitas del prospectivo propietario de la Compañía Fluvial del Caribe y en el tránsito mismo de los buques de vapor de ésta.

(Vienen a mi mente, a propósito del carácter pendular de la vida, las imágenes con que cierra el primer acto de la Suave Patria de Ramón López Velarde: “Y oigo en el brinco de tu ida y venida,/oh trueno, la ruleta de mi vida.” El énfasis es mío.)

El final de la novela en sí rebasa por mucho a su homólogo en “Cien años…” precisamente por su carácter abierto, pero no menos perentorio: ¿cómo podríamos responder a la imprecación del capitán que “miró a Fermina Daza y vio en sus pestañas los primeros destellos de una escarcha invernal. Luego miró a Florentino Ariza, su dominio invencible, su amor impávido, y lo asustó la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites.

—¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo? — le preguntó.”

La respuesta de Florentino (que me reservo para no arruinarle a ninguno de los posibles lectores el placer de descubrirla y paladearla) es algo que hermana súbitamente a toda la novela con el “Elogio del amor” de Alain Badiou y que, sin embargo, antecede a éste por casi tres décadas. Una muestra de lo que ni la determinación, ni el coraje, ni la terquedad pueden hacer para acreditar la convicción de un sentimiento y en cuya brevedad quizás haya más heroísmo que en cualquiera de los Buendía. Es esa convicción es lo que se busca en cada nueva pareja y a cada instante a lo largo de la vida en común y de sus días.

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Leonard Cohen y la ruta 76 Milpas-Pedregal-Chichicaspa.

Aproximaciones a la obra poética de Leonard Cohen.

Los que me conocen saben que debo mucho al ramal de la ruta 76 que sale del paradero del metro Universidad y asciende según el itinerario Milpas-Pedregal-Chichicaspa. Suele ser mi servicio de transporte público para ir al trabajo en la Facultad de Ciencias y al abultado resto de mi quehacer universitario y de vuelta: al conectar la puerta de mi casa con la entrada del metro y considerarse como una extensión imperfecta de éste, muchas personas me habrán escuchado decir a menudo que “si pongo un pie en la línea 3 ya estoy en mi casa.”


Mi vida en bata.

Después de un rato

no puedes decir

si hace falta

una mujer

o necesitas

un cigarrillo

y después

si es de noche

o de día

entonces súbitamente

sabes

la hora

te vistes

te vas a casa

te iluminas

te casas.

A lo largo de los años —y con este interminable ir y venir por la ruta—,  me ha pasado de todo lo que la imaginación, el deseo y la memoria podrían anhelar. Si, como ya nos lo ofreció Buñuel, la ilusión viaja en tranvía, el resto de las pasiones del alma viaja en metro o en autobús —y en taxi o vehículo particular solo a cuentagotas—.

Sin embargo, más que otro surtidor cualquiera para el trajín emocional que significa vivir en la gran urbe, para mí la ruta 76 ha sido parte inseparable del comercio librero y de las consabidas páginas recordadas. Sor Juana, Sartre, Tolstói, Eco, Rulfo, Joyce, Malraux, Cervantes, Hemingway, Payno, Neruda, Shakespeare… Todos ellos (y otros muchos, muchos más) han sido mis compañeros de viaje a lo largo de los cerca de 15 años de ir, venir y revenir.

Otros escritores.

Steve Sanfield es un gran maestro del haiku.

Vive en la campiña con Sarah,

su bella esposa,

y escribe de las cosas pequeñas

que representan a todas las cosas.

Kiosán Yoshua Rōshi,

que ha llevado a cientos de monjes

a un despertar completo,

aborda la simultánea

expansión y contracción

del cosmos.

Yo hablo sin parar

de una noble joven

que desabrochó sus vaqueros

en el asiento delantero de mi jeep

y me dejó tocar

la fuente de la vida

porque me hallaba muy lejos de ella.

He de decirles, amigos,

que prefiero mis asuntos a los de ellos.

Distingo sobre todo a los poetas: si eres capaz de leer poesía mientras usas el indigno transporte público de la Ciudad de México, entonces no solo eres un auténtico vagabundo del dharma, sino que puedes considerarte próximo al buda. Ganas puntos dobles si es hora pico, triples si llevas mochila y vas de pie, cuádruples si hay un niño berreando o una pareja discutiendo a grito pelado.

…Pero nada es mejor para estas zacapelas que la poesía vibrante y profundamente vital del canadiense Leonard Cohen:

Medicina.

Mi medicina

tiene muchos sabores que contrastan.

Ensimismado en o perplejo por

las diferencias entre ellos,

el paciente se olvida de sufrir.


Los poemas aquí presentados aparecieron (en inglés) en “Book of Longing” de Leonard Cohen, publicado en Canadá por McClelland & Stewart Ltd, 2006. El titular de este blog no se arroga ningún derecho sobre los mismos y los traduce y transmite únicamente con fines culturales sin afán de lucro.

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La mirada del otro y besos para detener la lluvia.

Un par de reflexiones sobre las idiosincrasias que confluyen y cómo nos enriquece la mirada del otro.

La vida de los hombres se asemeja fácilmente a la fábula del gusano que un día sacó la cabeza del fruto que horadaba y descubrió que ésta pendía de un manzano en un algún jardín boreal. Éste se perfilaba en el catastro de alguna provincia la cual, ajena a los dilemas existenciales de sus gusanos, estaba enclavada en la orografía caprichosa de algún país imprecisable. Siguiendo con este orden de ideas, pronto tendríamos consideraciones continentales, planetarias, galácticas, de cúmulos y súper cúmulos de galaxias y —si Joaquín Sabina se bajaba en Atocha, yo me quedo en Laniakea— la cosa probablemente no tenga fin. La inmoraleja que podemos extraer de esto admite muchas interpretaciones ¿prodiga las virtudes educativas de los viajes que ya ponderaban las abuelas? ¿Nos advierte contra cualesquiera juicios de validez “universal”? ¿Nos previene de la mejor manera para ensanchar el criterio? La lectora decida.


Recorro Cuba desde La Habana hasta Santiago y de regreso. Por la ventanilla del bus observo pasar zonas urbanas, rurales, la sierra y poblados que, en la lejanía, duermen un sueño inocente ante mi preocupación legítima por cómo se entrelazan las vidas de los hombres. Sé que nunca volveré a ser el mismo que pasó por ahí y que tal vez nunca pase de nuevo por ese camino y esas tierras.

* * *

Sin embargo, en la fábula anterior se excluye la posibilidad narrativa —muy apropiada en estos tiempos de integración comercial, diversificación agrícola y globalización a ultranza—, en la cual dos gusanos de comunidades diferentes se encuentran y examinan de manera cruzada sus creencias: ¿qué tan importante suele ser la mirada del otro para valorar mi propia concepción del mundo? ¿Cómo se enriquece ésta cuando reconozco las semejanzas y diferencias idiosincrásicas con mi interlocutor? Tal vez la viga en el propio ojo sea pasar esto por alto.

¿Cómo se inició todo esto? Sé que los libros, el café y las películas en la Cineteca tuvieron mucho que ver. También sé que tuvieron que ver la distancia y la separación temprana en condiciones donde yo ignoraba si volverías y cuál era tu bagaje emocional por mí. Luego vino el reencuentro, la confirmación de que habíamos estado en el pensamiento del otro y la paciencia que nos moldeaba con sus dedos como figurillas de barro.

* * *

Claro, lo anterior implica la inmersión del otro en mi contexto, pero56225789-plaza-de-la-ciudad-de-santa-clara-cuba-palmeras ¿cómo podemos creernos con la autoridad moral suficiente para decidir qué ámbito es más o menos importante que otro? ¿Por qué no podría yo corresponder con mi presencia en el entorno de la que enriquece el mío? ¿Por qué no apagar la santidad de tus lámparas fieles? ¿Conocer a los tuyos, recorrer tus lugares, besarte en el centro del parque Vidal y buscar juntos Paradiso?

Llovía en Ciudad Universitaria. Era la primera lluvia de mayo y tú y yo no queríamos abandonar nuestra banca frente al Auditorio Flores Magón en tu Facultad. Lo único que se nos ocurrió fueron estos besos para detener la lluvia. Escampó.

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Paradiso.

La Habana, 2008. Mientras mi acompañante (que eventualmente se convertirá en mi ex-mujer) da una conferencia sobre la importancia geopolítica de la Isla durante el gobierno de Venustiano Carranza en Casa Juárez, en La Habana Vieja, yo desando mis pasos y vuelvo al oasis que se encuentra al final de la calle Obispo. Es jueves y, desde temprano, los estantes y libreros adornan la Plaza de Armas.


Después de evitar los puestos especializados en arte y folclor cubanos y asegurar, por enésima vez que no me interesan ningunos libros sobre cómo catar ron y tabaco, encuentro un librero que está hablando en portugués con unos turistas brasileños. Me es imposible no escuchar la conversación y, fiel a mi costumbre, me meto en la misma. ¿El tema? Cuál es la mejor novela de Jorge Amado y por qué nunca le dieron el Nobel de Literatura a éste.

Eventualmente los ánimos se caldean y a mí el cubano me tiene de su lado: Gabriela, cravo e canela es muy buena, pero autocomplaciente. Suor o Capitães da Areia son infinitamente superiores —en eso coincidimos—, pero Terras do Sem Fim corona para mí el palmarés del escritor baiano: el cubano no la ha leído (todavía tendré la oportunidad de llevarle algunos libros además de éste en un próximo viaje) y los brasileños están sorprendidos de que un extranjero llegue a cepillarles el amor propio en materia de libros. Finalmente recuerdan un compromiso en otra parte y me dejan a solas con el mercader.

Nos allegamos un par de cervezas para mitigar los efectos de mi batalla perdida contra el sol habanero y conversamos: me platica que es un oficial retirado del ejército, que el portugués lo aprendió en Angola y me informa de los alcances de la Operación Carlota y de la intervención cubana en la guerra civil angoleña. Eventualmente prefiero volver a los terrenos literarios y hablamos de los caballitos de batalla (Guillén, Carpentier y Martí), de los escasamente conocidos fuera de la Isla Cirilo Villaverde, Lydia Cabrera y de una antología de poetisas cubanas que acabará trocándome por otra cerveza; pero yo quiero hablar de Paradiso.

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Mi querido José Lezama Lima, autor de Paradiso (1966).

“Es imposible que encuentres a alguien que te pueda hablar de Paradiso” sentencia. “Y ya no digamos de alguien que pueda hablarte bien.” Su juicio es categórico y, durante las próximas horas se repetirá a todo lo largo de la Plaza de Armas:

 

—Paradiso es exuberante y por eso es ilegible…

—Ese libraco hay que leerlo con un diccionario… Para ser la primera novela de Lezama debió ser la última.

—Nunca pude pasar de las diez primeras páginas.

Regresé a Casa Juárez embotado por el calor, las cervezas y la valoración habanera por Lezama. A la noche vamos a cenar con un amigo de mi mujer llamado Alberto —¿de qué otro modo si no?— que es su enlace con el Archivo Histórico del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba (MINREX). Ambos escuchan con paciencia infinita mi desolación ante la nula eficacia beisbolera de los Industriales, así como mi desencanto acaecido en la Plaza de Armas. Sé que ella nunca ha leído Paradiso y él ataja cautelosamente como anticipándose a mis preguntas:Paradiso

“Nunca encontrarás a un cubano que pueda decirte que leyó Paradiso completo y con gusto… Y tú tampoco deberías irte por ahí anunciando, la gente va a mirarte raro.”

A estas alturas estoy convenciéndome que la novela es casi como la peste negra: estigma dejado por la ira de un dios seductor de cuyo ensueño brotaban palabras. Semanas después saldremos de Cuba y nunca regresaré casado a ésta: Mi otrora mujer se marchará en 2012 y, entre las muchas cosas que sustraerá subrepticiamente de mis libreros, se irán la biografía de Emiliano Zapata autografiada por John Womack Jr., y mi edición de Paradiso. A la fecha no he tenido oportunidad de reponer ninguno de los dos libros.


Santiago de Querétaro, 2017. Uno de mis amigos me suelta una pregunta a bocajarro mientras el resto lo escucha:

—Si te encontraras a Leydi en una biblioteca y solo pudieras soltarle una línea ¿qué le dirías?

Después de pensarlo unos segundos contesto:

—Yo también he leído Paradiso… Y estoy seguro de que algo tan bello como usted se encuentra entre sus páginas; pero eso es algo imposible de compartir y la gente es incapaz de reconocerlo en la calle.

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Shakespeare va conmigo a la Cineteca (y casi siempre a todos lados).

Shakespeare, días de preparatoria, besos furtivos en la Cineteca.

Ayer fue día de Cineteca y, después de la película, mi acompañante y yo escogimos un rinconcito en la segunda planta a la vuelta de la sala 9 para conversar y besarnos (más lo segundo que lo primero, lo confieso). La reacción de los que subían por el incluyente sistema de rampas que sustituye ahora a las escaleras, así como de nuestros vecinos de banca, me trajo recuerdos que resumo libremente en las siguientes líneas.


Mi malformación profesional me ha llevado por múltiples centros educativos y, fiel a mi costumbre de recordar como, sesgadamente, creo que ocurrieron las cosas, recuerdo a uno de mis profesores de dibujo que, ajeno a los intereses de su materia, le colgó una cita a Shakespeare que aseguraba “el amor es para los jóvenes”. Claro, en una escuela como aquella la falacia apelando a la autoridad shakesperiana era moneda de uso corriente, así que nunca le di demasiada importancia a la autoría ni al aforismo en sí.

Huelga decir que a estas alturas del partido —he llegado ya a la cuarentena de años—, ni por equivocación remota me considero joven: tengo la oportunidad de vivir y trabajar rodeado de ellos; pero rechazo la solemnidad insensata que, me juraban, “llegaría con la edad”. Sigo siendo el mismo personaje que desconoce qué traerá el día de mañana, que teme equivocarse en las decisiones que toma en solitario y que encara sus fallos con la mexicanísima resignación del “ya ni modo”. En este sentido, lo único que me separa de la niñez es el sobre equipaje de los años y si continúo usando tenis es solo porque son cómodos.

Pero tampoco creo que el amor sea el premio de consolación al desconsuelo de no poder beber abiertamente a cierta edad, ni que la atracción fatal —¿alguien recuerda  a Glenn Close y a Michael Douglas?— como sinónimo, ochenterísimo, de una pasión irrefrenable, caduque. Claro, conforme las limitantes físicas se imponen uno corre, cada vez con mayor frecuencia, un riesgo mayor de desconocerse en la excusa “te juro que nunca me había pasado” o bien “yo aguantaba 10 rondas antes”. (Por favor, no olviden que esto es el nuevo milenio y espero que hayan leído lo anterior con voces sexualmente neutras.)

Porque si “el amor es para los jóvenes” era una advertencia premonitoria de la impotencia o la frigidez inevitables ¿qué garrobos nos quería decir en verdad aquel profesor! ¿Que nos entregáramos a los rituales báquicos y anacreónticos sin miramientos para no sucumbir después a la tiranía del ubi sunt? ¿Se estaba proyectando? ¿Era algo más? Porque dejando de lado la discusión bizantina de que entre líneas sus consejos ahora podrían tipificarse como acoso, prefiero interpretar sus palabras como conseja que ensalza las bondades de aquello que, no sin un dejo de ironía, llamamos “juventud de espíritu”, o bien las capacidades rejuvenecedoras de dicho sentimiento… Porque como afirma Shakespeare a través de su Enrique V (acto 5, escena 2):

“You have witchcraft in your lips, Kate. There is more eloquence in a sugar touch of them than in the tongues of the French council[…]”

(Tienes brujería en tus labios, Kate. Hay más elocuencia en un toque sutil de éstos que en las lenguas del Consejo francés[…])