Nausícaa

A Marcela Ordorica.

Esta cordillera irremontable que nos separa:
macizos de niebla a la base,

nebladura de roca
presagiada
desde las constelaciones del Abismo.
¿Acaso era posible deletrear

la distancia entre las personas
cuando se buscaban inadvertidamente,
entre tantos telegramas remitidos a la lluvia
y el estupor otoñal de tu sonrisa

enmarcada por tu mirar castaño?
No podía asirme a tu mano sencillamente,
temeroso como era
de que fueras un océano
carente por completo
de costas,
—delirio topacio,

y nube arrebujada por la sal
entre el sobresalto de los naufragios niños.
¿Qué nos quedará ahora, Nausícaa,

sino la amistad mediocre
que finge interesarnos
con sus carretadas de silencio

apiladas cómodamente
a las puertas de palacio,
mes tras mes,
hasta que ya no quepa ni un suspiro
en la antesala del verdugo
o la bastedad de tus calabozos?
Eso

o errar por las planicies del iceberg
donde tibia vigilabas los refugios
y dictabas antes,

con tus manos torpes de estrella fugaz,
el equilibrio glacial de los planetas.

[A 12 de agosto de 2019]
[Imagen: Tove Jansson, Mysterious Landscape, 1930; Finnish National Gallery]

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Para servirles mejor

A veces queremos hacer tan bien las cosas, ¡que nos salen mal!

La eficacia es, sin dudarlo demasiado, uno de los valores sobre los que el estilo de vida actual fundamenta su encanto y de los que demanda, por otra parte, algunas de sus más puntuales exigencias: En todo momento, 24/7, queremos una mayor rapidez de transferencia de datos para consumir información de manera ávida; buscamos la forma más rápida de llegar a nuestros destinos, aunque no necesariamente se trate de la ruta más corta; y, en una de esas situaciones simétricas irreconciliables de la vida, tratamos de trabajar lo menos a cambio del mayor sueldo y prestaciones posibles, mientras que nuestros empleadores buscan obtener los operarios más calificados y con la mayor experiencia a cambio de los honorarios más modestos que la ley les permite.

Una actividad tan arraigada en el espíritu humano como el comercio no podía ser la excepción, los expendios de comida rápida o las fonditas y las tiendas de conveniencia lo atestiguan. Nos urge atiborrarnos con el menú del día para regresar a nuestros trabajos y dedicar los minutos restantes de la hora de comida a navegar en la red, compartir memes en nuestros grupos de whatsapp o revisar nuestras redes sociales, y a todos nos ha tocado el cliente que nos exaspera en la fila de la tienda porque desea pagar unos cigarrillos con morralla: si se trata de mercar, ¿qué mejor que poner los triques sobre el mostrador mientras un aparatejo se encarga de leer los códigos de barras, oír el total, pagar, recibir el vuelto y correr a casa para seguir viendo series, trabajando de agente libre o jugando videojuegos? (No te preocupes, si nunca te ha exasperado ningún cliente en la fila delante tuyo, probablemente estemos hablando de ti.)

Como quiera que sea, la eficacia amenaza también con convertirse en una molestia. ¿De veras? Sí, pondré un ejemplo: en días pasados compré un libro en una tienda global a la que solo le falta vender pericos (y probablemente en algún lugar del mundo lo haga, porque tiene sitios web adosados en varios países, entre ellos México.) El libro era de segunda mano, descatalogado desde hace tiempo y nunca traducido al español, razón por la cual hice mi pedido a un vendedor en los EE. UU. (él nunca tuvo tratos conmigo ni yo con él, todo fue por interposita persona) y, para cerciorarme que tan preciado volumen acabara seguramente en mis manos, opté porque un servicio de mensajería me lo entregara personalmente en la puerta de mi casa. ¡Claro! La eficacia en estos casos cuesta, pero buscaba garantizar que el anhelado paquete no terminara regresando a su propietario, gracias a alguna de las numerosas pifias con que los servicios postales, de ambos países, han tenido a bien distinguirme durante los años.

Naturalmente yo no cabía de la emoción cuando me enteré que mi pedido llegaría, de acuerdo a los siempre puntillosos estimados de la tienda, no antes del martes 6 de agosto y con toda seguridad (me afirmaban) durante el transcurso del mismo. Así, quitado de la pena, me apresté a hacer lo que normalmente hago los lunes (dar clases, hacer algunas compras, pasear al chucho, leer los diarios, escribir aquí, etc.), velando armas para esperar la llegada de marras conforme a lo asegurado.

Pero cuál no sería mi sorpresa al recibir una llamada a las 10:30 (justo al salir de clase) en la que un mensajero me notificaba de su primer intento de entrega. “¡Pero no puede ser!” Reclamé airado, “ustedes se comprometieron a efectuarla mañana, ese paquete ni siquiera tendría que estar ahí.”

“Es correcto,” me respondió el interpelado. “Pero estamos tratando de ser más eficientes y adelantar todas nuestras entregas lo antes posible,” (casi pude oír el subrayado anterior en su voz.) “Así que mucho le encargo que pase a recoger su paquete al centro de entrega tal y tal, después de las 3:00 de la tarde. Cuenta con 5 días hábiles para hacerlo o será devuelto al remitente.”

“Pero…, pero…” Y ya había colgado.

Así es. En aras de la eficiencia tuve que caminar hasta el centro de entrega tal y tal ubicado en la esquina de la 26 Sur y la 9 Oriente (a unas cuantas cuadras de mi casa) porque, como me dijo el responsable de los despachos, era imposible que se cubriera la misma ruta al otro día. “Todos nuestros repartidores están adelantando los envíos de la semana,” me aseguró “y si uno de ellos tuviera que pasar de nuevo a dejar un paquete no entregado, retrasaría por completo nuestro programa de entregas anticipadas. Por eso ahora le pedimos a los destinatarios que pasen a recoger aquí sus pedidos si no fue posible hallarlos en su domicilio la primera vez.”

“¿Aunque sea de manera anticipada?” Pregunté. “Sí, de manera anticipada es precisamente lo que queremos,” respondió. “A fin de cuentas, todo sea para servirles mejor.”

[A 5 de agosto de 2019]
[Imagen: Mervin Jules, The Common Man; Smithsonian American Art Museum]

Mala vecindad

Un eco atrapado en piedra
o un pedazo de luz descascarada
al que nadie presta atención.

El tacto que va imponiéndose
sobre el barniz originario
de los portones huérfanos
que nadie se preocupa por cerrar.

Un retruécano de hierro
forjado las ventanas
para que la seguridad no se escape,
para que la duda no se entrometa

en estas peceras
donde el tiempo
boquea inevitable
por nosotros.

[A 2 de agosto de 2019]
[Imagen: Edward Hopper, Roofs, Washington Square, 1926; Carnegie Museum of Art, Pittsburgh, PA]

La bicicleta

Bajo el sol y cuesta arriba
va la bicicleta

rectificando la espiral
hipnótica de sus rayos

guardando el equilibrio
sujetándose a su sombra

hollando nubes en polvo
sobre el asfalto originario

lustrando pizcas de océano
sobre la joroba el ciclista

como un dromedario de Minos

empeñado en terminar el sisífico
oficio de medir el mundo a pedaladas

(tal vez crea en la planitud de la Tierra.)

*

Póster soviético (1927) de los hermanos Stenberg para la película de Buster Keaton, El maquinista de La General (1926).

[A 1 de agosto de 2019]
[Imagen: Gueorgui y Vladimir Stenberg, afiche para la película Dr. Jack (1922) de F. C. Newmeyer y S. Taylor]

#VVLV

Otra fábula del TOC

Perdí mi lapicero:
prisma hexagonal
de plástico
no degradable

céntimo a cuenta
de la entropía

que desembocará
en la muerte
térmica del universo.

[A 28 de julio de 2019]
[Imagen: Space Telescope Science Institute (STScI) a través del telescopio espacial Hubble, Las Pléyades, 2004]

Nocturno

silban las ranas
en la noche oscura

los grillos atornillan
su melodía de hojalata

la muerte violenta
baraja su tarot de espanto

rompecabezas-pesadilla
que se ensambla al azar

a nuestro alrededor.

[30 de julio de 2019]
[Imagen: Rufino Tamayo, Niños jugando con fuego, 1947; colección particular]

Tamalito

1.
Tamal,
tamalito,
hermoso tamalito,
acurrucado en mi mano
como paloma malherida
destilando tu calor
de ascua,
enrollando
tus vaharadas rituales
alrededor
del cuello de luz
que asoma la aurora
por el ventanal del día.
Ven, acércate.

Compárteme el secreto
tiznado del anafre
y dime quién
te estrujó pacientemente
después de persignar
tu masa;
cuéntame
en un susurro
qué te cantaron
al darte a luz,
y cómo te arrullaron
para convencerte
(ante el panorama
general de las cosas)
de que no te agriaras.

Ven, acércate.
Sube a mis ojos
tus balbuceos
de espejismo
con los que me albricias.

Bien puedo imaginar
cómo fue
que te cocinaron
mucho antes
de que el sueño
fecundara
el día,
humectando
tu delicado capullo
de totomostle
antes de que
las mismas manos
industriosas
te depositaran
arropado entre los tuyos.

Durmiendo entre los silbidos
cortadores de las ranas.

Bajo el deshielo
itinerante
que gotean
sobre el pasto las estrellas.

2.
Acércate antes de que la caridad crisálida
sujete tu fuego blando
y contagie
su turbión de cal
a las entrañas
del jornalero y la maestra,
de la obrera y el taxista.

Pero también a las del desleal y el traidor,
del prófugo y el que rindió falso testimonio,
del defraudador,
del mentiroso
y de las víctimas de sus víctimas.

Nutriendo por igual los quehaceres
de nuestra humanidad torpe
y de sus malogradas experiencias.

Tamal,
tamalito,
hermoso tamalito,
ven, acércate,
antes de que nuestra voluntad frágil
se incorpore de nuevo
y en tu molicie
de cicatriz tibia
vislumbre
quién sabe qué prodigios,
qué calidez,
qué esperanzas.

[A 30 de julio de 2019]
[Imagen: Una mujer azteca que sopla sobre el maíz antes de ponerlo a cocer, como ritual para evitar que la esencia del maíz huya del fuego, (1577); Códice Florentino, libro V, apéndice, f 16]