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Eva y Sara.

[Materiales para una lectura comparada de Arreola con perspectiva de género.]

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Para Angélica.

De un personaje literario fascinante tal y como lo fue Juan José Arreola (Zapotlán el grande, hoy Cd. Guzmán, 1918-Guadalajara, 2001) pueden hacerse múltiples y variadas lecturas, muchas complementarias y aun contradictorias entre sí. Hombre autodidacta  (sí, no terminó la primaria) que ejerció los oficios más diversos (maestro, editor, vendedor ambulante, mozo de imprenta, tonelero, traductor, carnicero, periodista, actor de radionovelas y un nutrido etcétera), fue dueño de una cultura vastísima que se reflejó siempre en su narrativa, en sus comentarios televisivos, en su labor editorial y a quien le debemos, entre muchas otras cosas, el espaldarazo que dio a la obra de otro mexicano incomparable, Juan Rulfo, a quien le editó su “Nos han dado la tierra” en el número 2 de la tapatía Pan, Revista de Literatura (1945).

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J. J. Arreola en la UNAM.

En esta ocasión me interesa contrastar dos textos: uno presente en el Confabulario (Joaquín Mortiz, 1971) y otro en Sara más amarás/Cartas a Sara (Joaquín Mortiz, 2011). El origen de dicha lectura comparada es aportar materiales para la interpretación que el feminismo y la lectura desde una perspectiva de género ofrecen al interior de la obra del jalisciense ya como una manifestación irónica, ya como una postura provocadora, ambivalente o proclive a reforzar o cuestionar estereotipos propios de la mujer.

Ambas posturas pueden leerse y, sobre todo, contrastarse aquí y acá. ¡Desenpolven la obra de Arreola, háganse un criterio y disfruten!


Eva.

Él la perseguía a través de la biblioteca entre mesas, sillas y facistoles. Ella se escapaba hablando de los derechos de la mujer, infinitamente violados. Cinco mil años absurdos los separaban. Durante cinco mil años ella había sido inexorablemente vejada, postergada, reducida a la esclavitud. Él trataba de justificarse por medio de una rápida y fragmentaria alabanza personal, dicha con frases entrecortadas y trémulos ademanes.
En vano buscaba él los textos que podían dar apoyo a sus teorías. La biblioteca, especializada en literatura española de los siglos XVI y XVII, era un dilatado arsenal enemigo, que glosaba el concepto del honor y algunas atrocidades de ese mismo jaez.
El joven citaba infatigablemente a J. J. Bachofen, el sabio que todas las mujeres debían leer, porque les ha devuelto la grandeza de su papel en la prehistoria. Si sus libros estuvieran a mano, él habría puesto a la muchacha ante el cuadro de aquella civilización oscura, regida por la mujer, cuando la tierra tenía en todas partes una recóndita humedad de entraña y el hombre trataba de alzarse de ella en palafitos.
Pero a la muchacha todas estas cosas la dejaban fría. Aquel periodo matriarcal, por desgracia no histórico y apenas comprobable, parecía aumentar su resentimiento. Se escapaba siempre de anaquel en anaquel, subía a veces a las escalerillas y abrumaba al joven bajo una lluvia de denuestos. Afortunadamente, en la derrota, algo acudió en auxilio del joven. Se acordó de pronto de Heinz Wölpe. Su voz adquirió citando a este autor un nuevo y poderoso acento.
“En el principio sólo había un sexo, evidentemente femenino, que se reproducía automáticamente. Un ser mediocre comenzó a surgir en forma esporádica, llevando una vida precaria y estéril frente a la maternidad formidable. Sin embargo, poco a poco fue apropiándose ciertos órganos esenciales. Hubo un momento en que se hizo imprescindible. La mujer se dio cuenta, demasiado tarde, de que le faltaban ya la mitad de sus elementos y tuvo necesidad de buscarlos en el hombre, que fue hombre en virtud de esa separación progresista y de ese regreso accidental a su punto de origen.”
La tesis de Wölpe sedujo a la muchacha. Miró al joven con ternura. “El hombre es un hijo que se ha portado mal con su madre a través de toda la historia”, dijo casi con lágrimas en los ojos.
Lo perdonó a él, perdonando a todos los hombres. Su mirada perdió resplandores, bajó los ojos como una madona. Su boca, endurecida antes por el desprecio, se hizo blanda y dulce como un fruto. Él sentía brotar de sus manos y de sus labios caricias mitológicas. Se acercó a Eva temblando y Eva no huyó.
Y allí en la biblioteca, en aquel escenario complicado y negativo, al pie de los volúmenes de conceptuosa literatura, se inició el episodio milenario, a semejanza de la vida en los palafitos.

(En Confabulario, 1952).

No hay que perder de vista que Arreola, al igual que Joyce, creía que su lector tendría la misma cultura que él: evoca a Johann Jakob Bachofen, autor de El matriarcado (1861) y quien fuera el primero en cuestionar el patriarcado como sistema político social intrínseco a la Humanidad. Sin embargo, es gracias a las citas de Heinz Wölpe (que cierran con un matiz casi freudiano) que el joven logra acercarse a Eva y reiniciar “el episodio milenario” en el que brotan de sus manos y de sus labios “caricias mitológicas”.

Todo va bien hasta aquí salvo por un detalle: Heinz Wölpe (¿eco del alemán Welpe, “cachorro”?) no existe y es una invención ¿del personaje? ¿Del autor? ¿Recurso que evoca la dominación del género mediante el engaño filosófico? ¿Histórico? ¿Político?

El mismo hombre que escribió el relato anterior se dirigía así a la que se convertiría en su esposa en 1944, Sara Sánchez.

     *       *      *

Guadalajara, Enero 11, 1942.

Sarita:

No pienses que me olvido de ti. Del modo como yo te quiero, no hay lugar a ningún cambio. Pienso en ti siempre, y estás muy dentro en mi corazón. No ambiciono otra cosa que tu afecto, él es mi mejor riqueza, y todo lo que trato de hacer en la vida, hacia ti va dirigido.

Tú y yo hemos comprendido ya muchas cosas y no llevamos los ojos engañados. Ni un momento hemos dejado de ser los que fuimos el primer día. Cerca o lejos de ti, trato de ser lo mejor posible. Quisiera que todos mis actos pudieran agradarte, que vieras en ellos la intención que en todas partes me guía: la de hacerte alguna vez dichosa.

¡Si vieras qué bello es tu recuerdo! Me gustaría decirte cómo estás en mi memoria. Quisiera explicarte cómo vives en mi vida. Cómo te pienso y te sueño. Escucho tus palabras, veo tus miradas y tu presencia me está siempre acompañando.

¿Qué has puesto en tu recuerdo? Hay algo que te hace inolvidable. Conociéndote, ya no se puede vivir sin ti. Conociéndote como yo creo que empiezo a conocerte. ¿Sabes? Pienso que una persona como tú puede hacerse amar toda la vida. Apenas la experiencia de todos los días puede satisfacer el afecto que tú me haces sentir. Estos días de ausencia me lo dicen.

Y quiero que esta carta no sea una carta de enamorado escrita al calor de una pasión, quiero que sea el testimonio fiel de un afecto consciente, y que conserve su verdad en el transcurso de los años.

Aspiro a quererte cada vez de un modo más perfecto, más comprensivo. Quererte conociendo todos los rasgos de tu carácter, conociendo todo lo que forma parte de tu ser y es importante. Quiero llegar a un día en el cual esté a cubierto de toda sorpresa que pueda inquietarme.

Te quiero tal y como tú eres. Solamente quiero solicitar una vez más tu sinceridad, tu claridad. Me gusta que seas así, retraída, ensimismada, indiferente. Solo he de pedirte que para mí seas un poco accesible y me dejes entrar en tu carácter. Te aseguro que no seré un huésped de traición. Quiero solamente conocerte más para quererte mejor.

Creo que así es el amor que puede durar, el que se basa en un conocimiento estricto de la persona, en la apreciación vasta de sus cualidades.

A ese amor he aspirado siempre, y ese es el que te ofrezco con todo mi corazón. Creo que en el tiempo de nuestro noviazgo, para mí tan feliz, voy teniendo ocasión de demostrarlo.

Soy dichoso si pienso que un día tú y yo veremos juntos pasar la vida.

Tu Juan José.

[En Sara más amarás/Cartas a Sara, pp. 22-23.]

   *    *    *

¿Estamos hablando del mismo autor?

[Imagen: A. Durero, Adán y Eva (El pecado original), 1504; Städel Museum, Frankfurt.]

 

 

 

 

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Una elegía de Miguel Hernández…

[A todos los héroes anónimos del sismo 19S, a las víctimas y a los deudos, a los damnificados, un humilde responso.]

En su poemario de 1936 El rayo que no cesa, el poeta alicantino Miguel Hernández escribió uno de los poemas más sentidos que podrían escribirse ante la muerte de un ser querido (en este caso, su amigo de la infancia José Ramón Marín Gutiérrez, Ramón Sijé, acaecida el 24 de diciembre de 1935).

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El poeta del pueblo, Miguel Hernández, rindiéndole homenaje a Ramón Sijé (abril, 1936). 

Han sido días aciagos en Puebla, Morelos, Oaxaca, Chiapas y la Ciudad de México. Las labores de acopio, clasificación y distribución de bienes para los damnificados siguen; pero el impulso mengua a cada instante. Queda aún por delante la dolorosa tarea de sepultar a las víctimas y reconstruir la realidad fracturada, misma que debe impulsarse desde la disciplina autónoma, que no militar, la solidaridad y la empatía más genuinas.


Elegía.

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se
me ha muerto como del rayo Ramón 
Sijé con quien tanto quería).

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento.
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

(10 de enero de 1936)

[Imagen: Ramón Casas i Carbó, Pati de l’antiga presó de Barcelona (Pati dels corders), 1894; Museu Nacional d’Art de Catalunya.]

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El viento común.

[A Angélica, natural y humanamente.]

¿CÓMO AMARTE EN MEDIO DE LA TRAGEDIA? ¿Cómo refugiarme entre tus brazos de sauce cuando llueve la sangre de los peñascos y es imposible que nos ampares a todos: libélulas y colibríes con el vuelo herido, rayos de luz desportillada, gente atragantada con el lodo del espanto? ¿Cómo hablarte delicadamente si no hay sílabas con que podamos detener las mandíbulas implacables de la muerte? ¿Quién voltea buscando el poema cuando lo que se escapa de nuestros puños es la arenilla del miedo y del desamparo?

¿Cómo puedo sentarme a escribirte cuando todos parecemos requerir en nuestros ojos una pizca de luciérnagas? ¿Cómo cuando flota la neblina parduzca de la agonía entre los escombros y uno no puede, no podría, dejar de pensar en los gritos que se extinguen inaudibles en esta noche que nos arrojó la tierra? ¿Cómo puedo besarte sin sentir que me arrogo una suerte que otros no tuvieron y que hasta me parece injusta esta caricia tibia que depositas sobre mis manos?

Antes de que se ponga el día y la gente vuelva a su normalidad indiferente —recuerda mis palabras: ningún pueblo es capaz de una solidaridad inexhaustible y nosotros no seremos la excepción—, solo nos queda salir a restañar el aliento quebrado que surge de todas las heridas, a entregarnos por completo a ese prójimo desconocido que hoy no solo tiene tu rostro ni el mío, sino que es la suma de todos los rostros, a dejar que las cicatrices florezcan como dientes de león y que un viento común nos devuelva la tranquilidad de la esperanza y del olvido.

[Puebla de Zaragoza, a 22 de septiembre de 2017.]
[Imagen: Pablo Picasso, Viejo ciego con niño, 1903; Museo Pushkin, Moscú.]

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Negación.

[Para despedirme de Graciela Lingard W.]

YO NO ACEPTO QUE ESTÉS MUERTA, ni que el otoño de tus ojos tibios haya decidido evanescerse con el fuego en que arden las promesas. Tampoco aceptaré lo irrevocable del sueño celta de tus manos invencibles, que ahora se pierden pálidas como la mirada del que contempla su sangre en la piedra de los sacrificios.

Me negaré hasta el cansancio a concebir siquiera que la lluvia ya no insinúe nuestras tardes de tabaco y de ron, en las que se tuerce inexorablemente la memoria de los que nos quisieron y se marcharon. Rechazaré que tu voz tiemble tanto así como un ápice cuando nuestro reloj de arena suene la hora mortal, ni querré que me digan que tus sílabas de sombra empiezan a peregrinar hacia el olvido: porque para mí tu palabra fulge aun en lo alto del día y no puede incinerarse lo que es incendio.

¿De quién son los pasos que en esta madrugada interminable sigues presintiendo por la escalera? ¿Es Fabián o acaso Mauricio? ¿Será Juan Pablo? ¿Joaquín? ¿Nicolás? ¿Son tal vez mis palabras que ascienden este vacío podrido de hojarasca en que nos estamos sumiendo? ¿Esta lengua trancada que solo atina a balbucear espejismos? ¿Esas caricias tuyas que conocían el secreto para abarcar lo indecible?

Yo no acepto que estés muerta, ni que te hayan llevado a tu velorio, ni que te hayan llorado o depositado en la tierra para que escuches desfallecer los truenos o te sobresaltes en el espanto con que rugen al crecer las margaritas. Porque alguna vez lo dijimos, en una hora involuntaria de alguna fecha imprecisable, que se ha quedado como si fuese posible tatuar el vuelo de una libélula sobre el vapor que envuelve los relámpagos: uno se queda muerto, estúpidamente, porque ésta es la única forma de rendirse cuando ya no puedes con la vida que te van dejando los que mueren.

[Ciudad de México, a 5 de septiembre de 2017.]
[Imagen: El Greco, El entierro del señor de Orgaz (1586), Iglesia de Sto. Tomé, Toledo.]

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La vida sencilla.

[Para Agnes, inevitablemente.]

ME DICES QUE DESCANSE, que me quede unos minutos más en cama mientras domesticas la belleza salvaje de tu cuerpo, escondiendo su desnudez perfecta y simple como una circunferencia, para llevarlo a trabajar.

(Frente a mis ojos, tu cuerpo es una manada de potros salvajes que se encabritan, piafan y se olvidan en la reluciente meseta que les ofrecen mis manos).

Me dices que no hay agua caliente y me pides, minúscula y con tu voz de centavo para estas cosas, que revise el termostato, el paso del gas y el calentador. Me ofreces en todo caso y antes de irte, calentar agua para la ducha y vibran en mi interior los recuerdos de las abluciones descritas por Homero.

Me recuerdas que compre unas cosas en la esquina, que cargue a Atlixco con tu ropa, que no olvide calificar los exámenes, que deje el cambio sobre la mesa, que te preste mis llaves, que te regale de mis gises para pintarrajear la Eternidad antes de que llueva.

Me recuerdas que coja una manzana, que no me ponga a leer ni a trabajar con el estómago vacío, que vaya al mercado de El Alto a almorzar y, de pronto, te lamentas por no tener más formas de demostrarme lo mucho que me amas.

Impávido, no puedo menos que sonreír ante tu ligereza: en todas tus palabras y gestos de esta mañana rezuma tu amor inaprensible de mujer, amor incomprensible que bate en tu seno como el rumor de una golondrina, amor deshecho que dejamos tendido a los pies de la cama y que no sabe de razones ni se justifica, amor que se cuela en nuestros espacios vacíos como el humo de una hoguera, y que inadvertidamente me lo compartes, dulce y tibio, instante tras instante, como quien sencillamente se lleva a la boca un pedazo de pan.

[Imagen: Pierre Bonnard, La mesa, 1925; Londres, Tate.]

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Sábetelo bien de una vez y para siempre.

[Cuídate de esparcir el rumor de la Esperanza.]

LA ESPERANZA SE HUNDE en nuestras carnes como un clavo en llamas que perturba el sueño salomónico del cedro, dejando tras de sí su oquedad de anhelo no realizado, su vacío turbio de cartas que no llegan, su potencial de sueño, primavera y alumbramiento, su amargor de resurrecciones y reencuentros que no ocurrieron jamás. Las más de las veces, el peor enemigo de la Esperanza es la Esperanza misma.

Te sientas ahí, en la ribera por donde corre el tiempo desgastando todo lo que toca, y esperas a que los capullos de los milagros revienten en la enramada del trueno; pero muchas veces las semillas del milagro son de humo y lo único que pueden hacer es caerse al cielo.

Yo por eso administro la Esperanza a cuentagotas: me cuido de esparcir su rumor de incendio por los pastizales donde el alma sueña y pasta en los brotes polinizados por la Luna. Su proverbial color verde puede ser también vértigo o marasmo, delirio indiferente del  rojo o ciénaga donde el azul se fosiliza.

Cuídate de esparcir su rumor tú también… A menos que estés dispuesto a que luego amarren tu lengua con alambre de púas, o a que un sudario de azufre envuelva lentamente la paz perturbada de tus huesos; porque sábetelo bien de una vez y para siempre, la Esperanza y el Hombre casi nada tienen que decirse.

[Ciudad de México, a 28 de agosto de 2017.]
[Imagen: Paul Gauguin, La vision après le Sermon, 1888; The National Galleries of Scotland, Edimburgo.]

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Tratar inútilmente de aprender a cada instante…

¿Cómo remontar toda noche oscura, Agnes, si no es con palabras?

PLATICAMOS DESNUDOS sobre la tragedia que es ir pasando por los días dejando trozos de uno mismo, viendo cómo la piel se nos desgasta de los bordes, las ideas encanecen y la fatiga de los pasos nos vende la ilusión de un mundo inabarcable.

Me platicas de los que amaste y de los que te amaron, y tu perfil sobre la almohada es neutro como el de una moneda de cobre. Me tomas de la mano y tus recuerdos son el laberinto y el Minotauro, el hilo de Ariadna y la espada temblorosa de Teseo. Yo escucho atentamente como quien penetra en una ruina buscando los misterios antiguos de una religión olvidada, sangrienta e incomprensible, salvo que, por su naturaleza, todas lo son.

A lo lejos vislumbro, enmarcados por una ventana imposible, los ecos del náufrago que espera que recojas su cadáver en la orilla, la ilusión bragada del arriero que atraviesa la montaña con un cargamento de crisálidas y mariposas, la voluta quemante que aparece subiendo por tus piernas en la noche de piedra de los mayas.

Escucho y escucho hasta que las campanas intangibles que resuenan al fondo de un grabado de Durero, nos avisan que ha concluido el tiempo sagrado y que debemos emprender el viaje de regreso a nosotros mismos. De reojo observo el deseo mortal con que sueña bajo tierra la obsidiana, la pezuña de las recuas que vienen y van por los escarpados de la memoria, una embarcación en llamas cuyo destino es la bahía donde roncan los naufragios.

No sé por qué habría yo de ser diferente. Acaso en un futuro, imperceptible ahora para nosotros, mis palabras se remansan como un aguacero de otoño entre ocarinas rotas y hojas podridas. Tal vez no nos sobreviviremos a nosotros mismos, a esta voluntad de incendio y a la levedad insoportable con que nos arrastra la tarde del domingo: todos los nombres son pasajeros y el mío no ha de ser diferente en la borra de los días, en la tinta y el café.

Pero te amo indeciblemente, libre y en pie de equidad con las leyes fortuitas por las que se extinguen las luciérnagas y las galaxias. No existe para mí otra forma de concebir este arrebato, esta tragedia que es ir pasando por los días dejando trozos de uno mismo, este afán inmarcesible de arder, de escalar el cielo como una llamarada, de ser imprecación, mentada de madre, de hendir la tierra y sepultar a los relámpagos, de ser una letanía de catástrofes, de prorrumpir en sílabas de fuego y de tratar inútilmente de aprender a cada instante cómo no morir de amor.

[Muy Noble y Leal Ciudad de México, a 21 de agosto de 2017.]
[Imagen: Albrecht Dürer, Melencolia 1, 1514; Galería Nal. de Arte de Karlsruhe, Alemania. ]

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Uno de García Lorca para llegar a Guillén.

Federico García Lorca y su paso por Cuba, 1930.

Federico [García Lorca] estuvo en La Habana, Cuba, desde el 7 de marzo hasta el 12 de junio de 1930. Estaba emplazado por la Sociedad Hispanocubana de Cultura a dictar una serie de conferencias —muchas de las cuales eran refritos y revisiones de otras dadas en distintas ciudades y ocasiones—: «La mecánica de la poesía» dictada el 9 de marzo, «Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos. Un poeta gongorino del siglo XVII» el 12; el 16 y el 19 del mismo mes «Canciones de cuna española» e «Imagen poética de Luis de Góngora», respectivamente. Finalmente el 6 de abril, cerró con «La arquitectura del cante jondo».


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El gran Federico García Lorca.

Federico fue invitado a dictar algunas de estas mismas conferencias en Santiago y Cienfuegos. Su presencia, como atestiguan varias fuentes, dejó una impronta profunda en la comunidad intelectual de la isla. Guillermo Cabrera Infante asegura que  “[l]a breve visita de Lorca fue un huracán que venía no del Caribe sino de Granada” y podemos encontrar ecos de ella —según el mismo Cabrera Infante— en poetas tales como Regino Pedroso, Ramón Girau, Emilio Ballagas y José Zacarías Tallet; sin embargo, nadie incorporaría símbolos y referencias al imaginario lorquiano como el mulato Nicolás Guillén.

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Pablo Neruda y Nicolás Guillén.

La influencia del poeta de Fuente Vaqueros en la obra de Nicolás Guillén se siente particularmente en su poemario de 1930 “Motivos de son”. En esta, Guillén trató de hermanar el son y el romance, lo africano y lo español, al interior del vigoroso carácter lírico del pueblo cubano.

Federico en cambio solo dejó un poema en el que pueden detectarse referencias explícitas a su paso por Cuba: el “Son de negros en Cuba”, consignado dentro de Poeta en Nueva York, en el apartado X. El poeta llega a La Habana, dedicado a Fernando Ortiz Fernández, director de la citada Sociedad Hispanocubana de Cultura por aquellos tiempos.

Son de negros en Cuba.

Cuando llegue la luna llena, iré a Santiago de Cuba,
iré a Santiago,
en un coche de agua negra.
Iré a Santiago.
Cantarán los techos de palmera.
Iré a Santiago.
Cuando la palma quiere ser cigüeña,
iré a Santiago.
Y cuando quiere ser medusa el plátano,
iré a Santiago.
Iré a Santiago
con la rubia cabeza de Fonseca.
Iré a Santiago.
Y con la rosa de Romeo y Julieta
iré a Santiago.
Mar de papel y plata de monedas.
Iré a Santiago.
¡Oh Cuba! ¡Oh ritmo de semillas secas!
Iré a Santiago.
¡Oh cintura caliente y gota de madera!
Iré a Santiago.
Arpa de troncos vivos, caimán, flor de tabaco.
Iré a Santiago.
Siempre he dicho que yo iría a Santiago
en un coche de agua negra.
Iré a Santiago.
Brisa y alcohol en las ruedas,
iré a Santiago.
Mi coral en la tiniebla,
iré a Santiago.
El mar ahogado en la arena,
iré a Santiago,
calor blanco, fruta muerta,
iré a Santiago.
¡Oh bovino frescor de cañaveras!
¡Oh Cuba! ¡Oh curva de suspiro y barro!
Iré a Santiago.

[Federico García Lorca, Poeta en Nueva York, 3a. edición, Lumen, Barcelona, 1998.]

 

¿Cómo ponderar ahora la influencia de Federico en la obra de Guillén, si Motivos de son es un homenaje brevísimo al habla cubana! Naturalmente, como afirmamos más arriba, el romance (con todo lo que había hecho de él en el Romancero gitano (1928) el propio García Lorca) va a conocer una sonoridad y una flexibilidad plástica nunca antes leída.

5. Hay que tené boluntá.

Mira si tú me conose,
que ya no tengo que hablá:
cuando pongo un ojo así,
e que no hay na;
pero si lo pongo así,
tampoco hay na.

Empeña la plancha elétrica,
pa podé sacá mi flú;
buca un reá,
buca un reá,
cómprate un paquete vela
poqque a la noche no hay lu.

¡Hay tené boluntá,
que la salasión no e
pa toa la vida!

Camina, negra, y, no yore,
be p’ayá:
camina, y no yore, negra,
ben p’acá:
camina, negra, camina,
¡que hay que tené boluntá!

[Nicolás Guillén, Motivos de son en Sus mejores poemas, 1er. Festival del Libro Cubano.]
[Imagen: Nelson Villalobos, Afrocubana #23, acrílico sobre diversos soportes, 1987-2014.]

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Guillén le da voz a un camagüeyano.

[Para Angélica va esta voz, naturalmente.]

EL DÍA COMIENZA BORRANDO sus huellas de animal aletargado, diciendo sandeces en un idioma ininteligible, oliendo a saliva seca y a sudor. ¿Cómo sacar algo bello del fondo de este lupanar, en el que amanecemos prendidos de sus carnes en renta como si hubiésemos dejado nuestros otros yoes en un motín sanguinario de fantasmas?

Bajo a la calle y busco el eco de tu risa lejana en mis manos que olvidaron la escritura. Es agosto y el aliento de lumbre del verano dormita en una pila de carbón que ya nadie ocupa: ¿acaso la vida se nos ha vuelto ese rescoldo, incapaz de consumirse por completo, que se extiende nublando los días y las noches (y los ojos que miran a los días y las noches) de ceniza?

Rendiré la jornada para embolsarme algunos pesos, seguro de que no le quité nada a nadie y que compartí la miseria generosa del que casi nada tiene; pero llegaré a casa ebrio de fastidio, fundido, arrastrando el humo de mi último cigarrillo y condenado a la muerte en cámara lenta por una sociedad acrítica que me desmenuza y me interroga: Yo soy la piedra en el zapato de su comodidad indiferente y la mirada sin párpados donde no puede posarse displicencia alguna.

Entonces te veré ahí, negra, con ese capullo de algodón tiznado prendido de tu seno… Y solo en ese instante toda la vida cobrará sentido.

[Imagen: Ghislaine Philaut-Sánchez, L’enfant et la tortue, 2013.]

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Horas de oficina.

En lo alto del día, recibo tus palabras lejanas…

DEBO ESCRIBIRTE UN POEMA EN DIEZ MINUTOS, Angélica, antes de que mis palabras se erosionen y la vida cotidiana entre de nuevo por la puerta con su prisa de huracán, arrastrándonos en su reflujo de jaqueca, dejándonos en la altamar donde se arremolina el vértigo y la monotonía se alza como un tsunami.

Entonces prefiero no imaginarte detrás de un escritorio, como una libélula consagrada al culto del Sol que encuentra alfileres en todos los altares, depositando semillas de cordillera que el viento esparce sobre los campos de mostaza y tratando de ajustar los minutos de retraso en la clepsidra.

Prefiero imaginarte desnuda sobre el césped tibio, arropada por un rumor titubeante de lluvia y una brisa fría que se desparrama por tus muslos, mientras tú vuelcas voluntades de pararrayo sobre las piedras y sometes con tu miel el frenesí crepuscular de mis hormigas, inopinadamente, como casi todo lo que haces a tu paso por el mundo.

[Imagen: Amadeo Modigliani, Nudo seduto su un divano, 1917; col. privada, París.]

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La vergüenza indisimulable.

[Para ti, como todo lo que escribo…]

DE NUEVA CUENTA CAMINO SOBRE EL FILO DE LA NAVAJA, pero ya no con el sobresalto y el desasosiego que entrecortan la respiración. He dejado de creer también que el riesgo es lo que de veras te mantiene vivo: La firmeza de mis dientes ya no puede arrancarle a la vida una dentellada de aventura.

Tampoco me deslizo sobre la delgada línea con que la navaja me susurra sus sílabas de sangre, como si se tratara del apetito adolescente que busca saciar su hambre de inmortalidad en todas las cosas. Mi voluntad huye del escándalo y del delirio, honrando la promesa insolente de ser un pájaro que solo bate sus alas en la niebla.

(Mis dedos ya no blanden el arpón contra el colibrí ni el relámpago que borra las ciénagas: poco a poco se arraciman torpes y tartamudean las caricias con un regusto de café tibio en la piel de las hembras. La memoria de mis manos recorre los relieves volcánicos de tu cuerpo, ajena a toda reserva de que acaso sea también el hilo de Ariadna y la espada, o bien el Minotauro y el laberinto.)

La gente, bienintencionada las más de las veces, me previene insistentemente contra el ápice de esta lengua de acero, como si yo amenazara con mi equilibrio inestable su perfección instantánea, su fijación en el tiempo, su verticalidad incorruptible de plomada suspendida en el infinito; sin percatarse tal vez de cómo compartimos el pan ácimo de la imperfección ingénita, la volatilidad en el tiempo, nuestra verticalidad corrompida de palomas muertas.

Déjenme pues cortarme con su beso álgido y su indiferencia de cuchillo mientras camino a tientas. Toda herida es una boca que lucha por arrancarnos a gritos la vergüenza indisimulable de ir muriendo.

 [CdMX, a 10 de agosto de 2017.]
[Imagen: Jean Michel Basquiat, Exu, 1988; colección privada.]

 

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Aquí te amo.

[Instantáneas surrealistas a medianoche.]

AQUÍ TE AMO, ANGÉLICA, como cuando despierto milagrosamente a mitad del sueño y tus párpados me arropan como sábanas tibias buscando el alba. Te amo en mi voz inarticulada por la que suben erizos y miasmas como enredaderas, en un estrecho donde se incuban silenciosamente los naufragios.

Te amo en las aves del paraíso con que adornas la crueldad de tu nuca y con las que tiñes de amarillo el rumor de las galaxias. Te amo en tus manos amorosas que amasan el pan del sacrificio a medianoche, en tus brazos suaves que huelen a maderería y en tus piernas que bailando se escapan de todos los cercos del idioma.

Te amo en el chirrido de los dientes que se rompen mascullando las tragedias.

Te amo en nuestras almohadas de pochote y en los besos blancos con los que animamos la hoguera donde arde el recuerdo de los suicidas. Te amo en tu llanto de golondrina que remonta todos los espejismos antes de que desaparezcan, así como en tu risa inaudita que retumba con ecos catedrales de coral, fuego y estaño. Te amo también en tus ojos, pero tus ojos son volcánicos y oscuros como el arrebato que empuja un puñal durante el crimen.

Aquí te amo, en mi más profundo deseo de no amarte y en este inacabable puñado de ceniza que tengo que tragarme cada vez que tú no estás.

[Imagen: Frida Kahlo, El suicidio de Dorothy Hale, 1938; Phoenix Art Museum, EEUU.]

 

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Un cabrón llamado John Milton.

Traducciones de poemas de C. Sandburg y J. Milton.

¿Qué podríamos decir en una nota breve sobre John Milton, poeta inglés de aliento épico y equiparable, quizá, solo con Shakespeare? ¿Alabaremos su defensa precursora de la libertad de imprenta en su Areopagítica? ¿Su participación en el gobierno de Cromwell como Ministro de Lenguas Extranjeras, como fiel adherente del republicanismo en Inglaterra? ¿La labor titánica mediante la cual compuso de memoria y dictó (pues se encontraba completamente ciego) los más de 10,000 versos de “El paraíso perdido” a sus hijas? ¿Expondremos el contraste entre el padre ausente que fue y el hombre de letras?

«Me temo que el modo más corto y más satisfactorio de decirlo es que, una vez todo ha sido dicho y hecho, [Milton] es un poeta que no podemos dejar de apreciar y un hombre al que no podemos apreciar.»

G.K. Chesterton, Milton: man and poet; Keith, NY, 1917.

Como normalmente suelo hacer en estos casos, cederé la palabra al poeta norteamericano Carl Sandburg que, en sus Retratos, se expresó así del autor que hoy nos ocupa (la versión original de este poema, junto con un análisis del mismo, puede leerse en inglés aquí):

Al fantasma de John Milton.

Si tuviera que escribir panfletos veinte años contra los monárquicos,
con recompensas ofrecidas por mi captura vivo o muerto,
y celdas y patíbulos siempre cerca,

y entonces mi esposa muriera y tres hijas ignorantes
hablaran de su padre como un chiste, y robaran las
regalías de sus libros,  y el hospicio siempre estuviera a punto de alcanzarme,

si entonces perdiera la vista y el mundo se oscureciera y yo
quedara sentado con solo recuerdos y habla—

Escribiría “El paraíso perdido”, desposaría una segunda mujer
y tras su muerte, desposaría un tercer par de ojos para
servir a mi ceguera; escribiría “El paraíso recobrado”,
escribiría libros salvajes, neblinosos, humeantes, prolijos—

Me sentaría junto al fuego y soñaría con el cielo y el infierno,
idiotas y reyes, mujeres que mis ojos no volverán a ver jamás,
y el mismo Dios y los rebeldes que Dios arrojó al infierno. Leer más “Un cabrón llamado John Milton.”

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El vacío irremisible.

Para Angélica, naturalmente.

A VECES NO TENGO MUCHAS GANAS DE ESCRIBIRTE. Cojo la pluma o el lápiz y garrapateo símbolos obtusos e inconexos sobre papel de reciclaje, como ideogramas vacíos que revelan el ovillo de mis preocupaciones: desde mi perra que arrastra su patita bajo el avance implacable de los años, hasta lo caro que se ha vuelto este oficio cotidiano de ir viviendo.

Es cierto, a veces siento que me he vuelto un animal lento y torpe en el esfuerzo instantáneo de driblar a la muerte. Ya no puedo espantar su zumbido de moscardón como si cualquier cosa, y el vacío sofocante de los días que paso lejos de ti me abruma. Mis amigos y los doctores coinciden, medio en serio, medio en broma, que a mí la muerte me sobrevendrá por aburrimiento: de un mundo que muy joven me cupo en la uña de la mano, de algún libro que no leeré nunca, de unas tardes de viento y lluvia que ya no quieren compartirme sus secretos.

Sin embargo eso no significa que no te ame, sino que, por el contrario, este amor se me ha asimilado hasta lo más hondo de los huesos. Se ha vuelto como el tuétano que sostiene el esqueleto de los días y da sustancia a lo banal y a lo sublime: es eso que despierta en un alba de odio y se queda ahí, impávido, viéndome poner agua para café, leer la correspondencia y sofocar el viento frío de la mañana contra el primer cigarrillo. Está ahí cuando regreso del trabajo y le arrojo unas cuantas alubias al pellejo más pesimista de mí mismo, cuando ahogo la lentitud de la tarde con mis libros, cuando borroneo tu ausencia con un trago e incluso cuando me propongo no pensar más en ti, está ahí, siempre ahí, dispuesto a pasar por alto el vacío irremisible de mis palabras.

[Ciudad de México, a 1 de agosto de 2017.]
[Imagen: Joan Miró, El oro del azul, 1967; Fundació Joan Miró, Barcelona.]

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A veces odio la felicidad.

(Para Angélica.)

A VECES ODIO LA FELICIDAD, esa que me revuelca cuando pongo un pie fuera de la cama y tu cuerpo, desnudo y soñoliento, rompe la espuma con que el día nos baña en sus olas.

Intento sacudírmela mientras arrastro mi fatiga al baño, expulsarla de mí mientras orino, reducirla con el cepillo de dientes como quien siente una quemadura en el esmalte.

Es inútil. Esta felicidad se empecina conmigo con su peso muerto de hojas de eucalipto, de vapores de mercurio, de roca herida por el relámpago; pero la odio.

La odio cuando la siento nublarme los ojos y entrecortar mi respiración con su arrebato, la odio cuando me la sirves al salir de la ducha y me aseguras que no hay otra cosa para desayunar, la odio cuando me subo al autobús que me lleva al trabajo y veo los rostros tristes de los que no esperan nada, la odio porque no tiene valor de cambio y no puedo trocarla por techo, cama y sustento para todos.

A veces odio la felicidad porque me parece el más egoísta de los placeres.

Pero antes de arrojarla al rastro como una pieza inútil que ya no hace juego con nada, antes de permitir que la rutina implacable la desbaste como un torno, veo en la luz tibia de sus párpados cansados una sílaba para luchar, denodada e irremisiblemente, contra los enemigos declarados de nuestro pueblo.

[Puebla de Zaragoza, a 27 de julio de 2017.]
[Crédito de la imagen: Mark Rothko, sin título, 1957.]

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Dos de Catulo…

…Para Angélica.

Siempre he predicado con el ejemplo y mi divisa bien podría ser aquel verso de Virgilio (Églogas X, 69):

Omnia vincit Amor; et nos cedamus Amori…

En días pasados, ajeno al mundo en torno mío y convencido de lo poco que se ocupa éste de mí, estuve en Puebla rindiendo pleitesía al dios del que nos habla Virgilio.

catulo

A mi vuelta a esta ciudad gris, monstruosa que llamo casa, no pude dejar de pensar en dos poemas de Catulo, padre del subjetivismo, del tono abiertamente autobiográfico, y del intimismo en la elegía romana; que cantó sin igual a los amores de su Lesbia, principalmente, y también a Ipsilila, a Juvencio y a Licinio —que son de los que tenemos noticia—.


V

Vivamos, Lesbia mía, y amémonos,
sin que los rumores del anciano severo
nos importen un carajo.
El sol puede ponerse, y salir:
nosotros, una vez que se apague nuestra luz breve,
en una noche eterna dormiremos.
Dame mil besos, luego cien,
y otros mil, y después otros cien más,
posteriormente otros mil, luego cien,
de modo que, cuando acumulemos varios miles
perderemos la cuenta, siéndole imposible
al envidioso o a nosotros
saber cuántos han sido nuestros besos.

CIX

Gozoso y perpetuo, vida mía, me ofreces que será
este amor entre nosotros.
Dioses magnos, hagan que pueda prometerlo de veras
y que lo diga sinceramente su corazón,
para que podamos a lo largo de toda la vida
extender este pacto sagrado de amistad eterna.

 

Los originales latinos pueden leerse a continuación y, como siempre que hago una aproximación, invito a la lectora a que, partiendo de los originales, haga la suya y se apropie de este material legendario: Leer más “Dos de Catulo…”

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La muerte tiene permiso.

Dos reflexiones poéticas sobre la inminencia de la muerte: José Emilio Pacheco y Jaime Sabines.

Hoy un título del sonorense Edmundo Valadés y Dos viejos comiendo de Francisco de Goya, nos sirven de pórtico para una lectura comparativa de dos poemas —el primero de José Emilio Pacheco y el segundo de Jaime Sabines— sobre cómo abordar la vejez y la cercanía de la muerte.

José Emilio, renuente a toda digresión personal, opta por concentrarse en un pasaje bíblico: lo usa de epígrafe y a partir de allí desarrolla el monólogo (¿interior?) del viejo rey que reconoce disminuidas sus capacidades y se resigna a la muerte:


El rey David

El rey David era ya viejo y estaba lastimado por los años. Lo cubrían con mantas y no entraba en calor. Entonces dijeron sus siervos: “Traigan a mi señor el rey una muchacha virgen que lo atienda y lo abrigue y duerma a su lado y le dé calor.” Tras buscar por todo Israel a la más hermosa, hallaron a Abisag, la Sunamita. Abisag fue llevada ante David. Y la joven era muy bella y le daba al rey el calor de su juventud. Pero David ya no fue capaz de entrar en su cuerpo.
Libro primero de los Reyes 1:1-4

Estas piernas no logran ya sostenerme,
tan frágiles,
tan quebradizos se volvieron mis huesos.

Esta mano ya es incapaz de ser puño.
Nunca jamás volverá a alzar la espada
ni a disparar la honda contra el gigante.

Mi boca ya no muerde.
La abandonaron los dientes.
Todo mi cuerpo es descenso,
huida, caída
hacia la tumba que me está acechando.

Soy el pellejo colgado
de un animal
que cazaron hace mil años.

En cambio qué tersura
la de tu piel, Abisag.
Qué esbeltez de tu talle
y qué firmeza tus senos.

Todo mi ser es como campo en invierno.
Tu juventud no me basta
para incendiar este frío.

Cómo es posible, mi niña,
que no te diga nada la palabra Goliat
y no sepas de mis hazañas.

Desde antes que nacieras fui el viejo rey,
no el adolescente
elegido por Dios para salvar a su pueblo.

¿Puedes creer que era como tú
y llegó a odiarme Saúl
porque mi joven gloria amenazaba su reino?

De mi triunfo en la guerra quedó la hierba
que alimentan los muertos de la batalla.
Se han olvidado mis salmos
y mi salterio está cubierto de polvo.

Es mejor que te vayas, Abisag.
Déjame a solas con la muerte.

[José Emilio Pacheco, El silencio de la luna, Ed. Era, 1994.]

Por otro lado está Jaime Sabines. En este poema sin fecha, que bien puede datarse alrededor de 1976, el autor se confronta con los riesgos para una vejez temprana, “alrededor de los 50”; así como su poca voluntad para seguir los consejos de doctores (prácticamente inaccesibles para el caso del rey David) para prolongar su esperanza de vida.

Sin embargo resalta que a diferencia de la resignación que leemos en la última estrofa de la poesía de Pacheco, aquí Jaime opta por darle la razón a los siervos del rey David y buscar una Abisag moderna “que lo atienda y lo abrigue y duerma a su lado y le dé calor.”

Huelga decir que el rey de Israel no estaba demasiado lejos del umbral en que se encontraba el poeta chiapaneco, pues si bien dentro de la tradición monoteísta se cree que Adán vivió 930 años, se estima que el rey David no pasó de los 75.

Pensándolo bien

Me dicen que debo hacer ejercicios para adelgazar,
que alrededor de los 50 son muy peligrosos la grasa y el cigarro,
que hay que conservar la figura
y dar la batalla al tiempo, a la vejez.

Expertos bien intencionados y médicos amigos
me recomiendan dietas y sistemas
para prolongar la vida unos años más.

Lo agradezco de todo corazón, pero me río
de tan vanas recetas y tan escaso afán.
(La muerte también ríe de todas estas cosas.)

La única recomendación que considero seriamente
es la de buscar mujer joven para la cama
porque a estas alturas
la juventud sólo puede llegarnos por contagio.

[Jaime Sabines, Otros poemas (1973-1991), Joaquín Mortiz, 2001.]
[Crédito de la imagen: Francisco de Goya, Dos viejos comiendo, ca. 1820-1823. Mural al óleo trasladado a lienzo, actualmente en el Museo del Prado.]

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[Sílabas melladas de espejismo]

Amo los ríos de aroma carmín que ascienden lentamente por tus piernas: calidez termal que anticipa la derrota del crepúsculo, contrastan con la blancura impasible de tus muslos, blanden la hoz salada de tus corvas y agitan la crisálida con que el vendaval delineó tus pantorrillas.

En la bóveda celeste que cartografía el imperio terrible de tu vientre, tu ombligo es la estrella polar y, bajo su influjo, por cada uno de tus lunares corren otros ríos que se agitan formando constelaciones efímeras donde sepultar a las mitologías.

Yo quisiera remontar las corrientes que se arremolinan en tus pechos de escollera desde tus brazos de tierra inhóspita, y que se pierden en el delta cruel donde el graznido de los cuervos desterró la primavera.

Arroparme en la espiga desnuda que se yergue soberana en medio de la planicie.

Hendir tu carne tibia como la espada que desgarra la piedra, y perderme en tu respiración celosa de huracán que enardece a la neblina.

Pero temo que la desnudez de la espiga solo esté tatuada y que en el sueño de la piedra, huracán y espada balbuceen sílabas melladas de espejismo.

[La Magdalena Contreras, CdMX, a 17 de julio de 2017.]
[Crédito de la imagen: Rufino Tamayo, El Hombre, 1953.]

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[Instrucciones para desatar la lujuria]

  1. VOY A BEBERME TODO TU CUERPO como quien se acaba una botella de aguardiente, apoyado a la vuelta del estanco que está a la salida del ingenio, sintiendo en la garganta esa aspereza ígnea que las rocas le comunican a las cañas: como una gata que se sume en un pozo dejando en el brocal sus garras de tizne, o la sequedad asfixiante que baña los cuerpos con su picadura de tábano, o el regusto que deja el filo del machete sobre la piel quemada por el sol.
  2. Voy a aspirar todo tu cuerpo como quien fuma el macuche en el crepúsculo definitivo del Nayar, musitando tres veces las sílabas indómitas de tus pechos de niña para el remolino incandescente del Abuelo, que todo lo perdona y todo lo purifica; ascendiendo con los ojos vendados al surco donde germinan los soles y tus manos desgranan la luz de cada racimo de tinieblas.
  3. Voy a atravesar todo tu cuerpo y tus sentidos, como quien cruza una cañada de humo, esa piel de Dios, en la que los ríos de estaño se remontan a su fuente de piedra hincada en las nubes; midiendo palmo a palmo la impaciencia de tus muslos felinos, sopesando en tus ojos la chispa que desencadena el relámpago, domesticando los delirios de tu lengua de loca y el olfato cansino por donde te susurra el mezcal.
  4. Pero te han investido con la autoridad imbatible del arrecife e irremisiblemente me hablas en la lengua del coral y su silencio.

[Crédito de la ilustración: Franco Goñi.]

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¿Había otra Troya para que la incendiara?

La vida y obra del poeta W[illiam] B[utler] Yeats —pronúnciese /jeɪts/— es compleja y vasta como la de pocos autores en lengua inglesa: Campeón del renacimiento cultural irlandés a fines del s. XIX, fue un denodado impulsor de un teatro y una lírica que asimilaran la tradición celta, el simbolismo, y los arquetipos presentes en todas las culturas; coqueteando siempre con el ocultismo y rechazando abiertamente la ciencia, tuvo un secretario genial (Ezra Pound, ni más ni menos, quien decía de él que “era el único poeta digno de estudiarse seriamente”) y “por su siempre inspirada poesía, que en una forma altamente artística expresa el espíritu de toda una nación“, le fue otorgado el Premio Nobel de Literatura en 1923.


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W.B. Yeats en 1903 (Foto de Alice Boughton.)

Sin embargo recordemos que Yeats se desenvolvió en un período de turbulencia política en Irlanda: la Rebelión de Pascua, independientemente de que se la considere el inicio de la independencia de este país, fue algo orquestado por el brazo armado de la Hermandad Republicana Irlandesa (de la que el poeta era miembro) y en medio de dicho alzamiento, Yeats se alejó casi por completo del núcleo político de ésta —el cual provenía de las clases católicas media y baja—, reservándose durante años los poemas inspirados por los acontecimientos.

(Elitista y antidemocrático, Yeats vio en los movimientos fascistas de Europa una respuesta vigorosa al individualismo y al liberalismo político que amenazaban el bienestar nacional y el orden público. Aunque posteriormente se alejó de estas doctrinas y no alcanzó a presenciar los excesos criminales de las mismas —murió el 28 de enero de 1939—, siempre fue un adherente del autoritarismo para cualesquiera liderazgos nacionales.)

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Maud Gonne McBride (s/f. Biblioteca del Congreso de los EEUU.)

El bosquejo anterior no estaría completo si no mencionamos a la revolucionaria y feminista irlandesa Maud Gonne. Maud fue una promotora incansable de la autodeterminación irlandesa en EEUU, Francia, Inglaterra, Gales y Escocia; sufragista y, no menos relevante, organizó protestas junto con el propio Yeats y el escritor y político Arthur Grifffith contra el Jubileo de Diamante de la Reina Victoria (1897).

Yeats estuvo perdidamente enamorado de Maud y le propuso matrimonio en cuatro ocasiones por lo menos entre 1891 y 1901 (los dos se conocían desde 1889). Como cabría esperar, su relación osciló entre periodos de bonanza y tormenta, concluyendo definitivamente en 1916. El poeta aseguraba que después del rechazo de 1891 habían comenzado los problemas en su vida; sin embargo, como atinadamente sugirió Maud en su autobiografía (A Servant of the Queen, 1938), su rechazo propulsó la lírica de Yeats y el mundo debería estarle agradecida por ello.

¿La razón del rechazo? La falta de radicalismo en el nacionalismo de Yeats y su escasa disposición para convertirse al catolicismo.


Maud Gonne aparece en un sinfín de composiciones de Yeats. Una de las más famosas es sin duda el poema No Second Troy del libro “The Green Helmet and Other Poems” (1910), donde el autor acuña un reclamo a lo largo de preguntas retóricas y acusa su dominio magistral de las formas clásicas de la lírica inglesa. El desenlace, retórico, inapelable y simbólico, eleva a Maud a la altura literaria de una Helena de Troya.

No hay otra Troya.

¿Por qué debería culparla de que llenó mis días
de miseria, o de que últimamente
enseñara a hombres ignorantes los caminos más violentos,
o sublevara a las callejuelas contra la grande
si su valor era igual a su deseo?
¿Qué podría pacificarla con una mente
que la nobleza hizo simple como un fuego,
con belleza equiparable a un arco tenso, un tipo
que no es natural en los tiempos que corren,
siendo altiva, solitaria y severísima?
¡Ah, qué podía haber hecho siendo lo que es?
¿Había otra Troya para que la incendiara?

El original de Yeats puede leerse en inglés aquí.

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[En el fondo de ti]

En el fondo de ti,
detrás de tus ojos gastados
por la letra y el relámpago,

debajo de las piedras
donde acaso el liquen ha descubierto
cómo derrotar a la Eternidad,
no con la impaciencia del fuego
—que agota su lenguaje en un par de sílabas
de exacción y de responso—,
sino con la constancia infalible
de la gota que horada
la prisión coralina
donde la sal estrangula los sargazos;

ahí donde las alas de la libélula,
dotadas de la conciencia febril
que sintetiza el vértigo con que nos desplazamos
en la cresta de la palabra “instante”,
sueñan con que engendran
ciclones y huracanes.

En el fondo de ti,
como una medusa varada
que paulatinamente se evapora
y se queda como impronta
del peso evanescente con que olvidamos el olvido
y el cuño imposible de las cosas que al desaparecer
advertimos más que nunca en la memoria.

Ahí
aguarda suspendida
en el diorama del Presente puntual,
una imagen bifronte
donde se conjugan Pasado y Futuro
como el ideograma imposible «la Nada es»,

ya para siempre ajenos
al sacrificio vicario
de la Inocencia indolente

y a la sola salvación posible
de tus manos que labran el eco.

[A A… , La Magdalena Contreras, CdMX, a 9 de julio de 2017.]

 

 

 

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A la chingada las lágrimas…

“Me avergüenzo de mí hasta los pelos por tratar de escribir estas cosas.” (Jaime Sabines).

No soy alguien a quien el llanto se le dé fácilmente. He arrostrado a lo largo de casi 40 años la muerte, el desengaño, la violencia y el desamparo, observando cómo se ha operado una revalorización de las lágrimas: a mí todavía me criaron bajo el precepto que “los niños no lloran”.


Naturalmente la primera violación a esta regla ocurrió como cuando tenía 6 ó 7 años y encontraron muerto en la calle a mi tío favorito; sin embargo, la cosa no es tan simple como parece. Las lágrimas se me saltaron cuando me percaté de mi condición mortal —nada había que nos distinguiera a mi tío Chucho y a mí excepto, quizás, la edad— y de que un día yo también tendría que morir al igual que todos.

Recuerdo especial merecen también todas las veces que un libro, una pintura o una música me han arrobado por la emoción o la tristeza de su discurso estético. En particular recuerdo el final del primer capítulo de Hijos de nuestro barrio del egipcio Nayib Mahfuz: Gabalaui perdona a Adham en su lecho de muerte y lo lleva consigo a la Casa Grande. El párrafo en el que se describe la agonía delirante de éste, en una de las sofocantes noches de El Cairo, así como la presencia imponentemente remordida de aquél, su padre, no dejan incólume al más duro.

Leer más “A la chingada las lágrimas…”

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Mano a mano por los juegos del lenguaje: Ludwig Wittgenstein y Guillaume Apollinaire.

1. Die Welt ist alles, was der Fall ist.

Pocas figuras literarias francesas han apostado tanto y con tanta convicción por las vanguardias artísticas como Wilhelm Apollinaris de Kostrowitzky, mejor conocido universalmente como Guillaume Apollinaire.

apollinaire
El poeta, crítico de arte, dramaturgo y novelista G. Apollinaire.

Figura digna de una novela de Ernest Hemingway, se enroló en el ejército francés al inicio de la Primera Guerra Mundial, solicitando después su transferencia de la artillería a la infantería y leyendo el Mercure de France (según Roland Dorgelès, en la p. 344 de su Bouquet de bohème, Albin Michel, 1989) desde la trinchera en la que aguardaba las cargas de ésta. Resulta curioso que mientras esto ocurría, Ludwig Wittgenstein peleaba en las filas del ejército austro-húngaro en el frente ruso y, en su tiempo libre, escribía el Tractatus (que puede descargarse gratuita y legalmente aquí).

26._Wittgenstein%u2019s_military_identity_card_during_the_First_World_War
Haz de la tarjeta de identidad de Ludwig Wittgenstein en el ejército austro-húngaro (en “Ludwig Wittgenstein: The Duty of Genius”, Ray Monk).
27._Wittgenstein%u2019s_military_identity_card_during_the_First_World_War
Envés de la tarjeta de identidad militar de L. Wittgenstein (mismo crédito que en la imagen del haz).

Enterado de este hecho y sin ánimo alguno de que se tome en serio lo siguiente, siempre me causó gracia pensar que el obús que hirió a Apollinaire en la cabeza y que, a la larga, causaría su muerte, fue dirigido especialmente por el primer Wittgenstein como respuesta a los abusos del lenguaje de aquél en el poemario Alcoholes (1913) o, mejor aún, en los Caligramas (1918).

Entre los movimientos artísticos defendidos desde la trinchera literaria comandada por Apollinaire figuraron el futurismo, el dadaísmo, el cubismo en general —apoyará denodadamente a éste como “superación del realismo“— y Pablo Picasso en particular; así como el surrealismo antes de André Breton. A este respecto y a guisa de colofón, no puedo dejar de citar el pasaje emocionante de la introducción al ballet Parade —música de Erik Satie, vestuario y escenografía de Pablo Picasso, texto de Jean Cocteau y coreografía de Léonide Massine—, donde Apollinaire afirmó que:

«Cuando el hombre quiso imitar el andar, creó la rueda, que no se parece en nada a una pierna. Así hizo surrealismo sin saberlo.»


La tzigane.

La tzigane savait d’avance

Nos deux vies barrées par les nuits

Nous lui dîmes adieu et puis

De ce puits sortit l’Espérance.

 

L’amour lourd comme un ours privé

Dansa debout quand nous voulûmes

Et l’oiseau bleu perdit ses plumes

Et les mendiants leurs Ave.

 

On sait très bien que l’on se damne

Mais l’espoir d’aimer en chemin

Nous fait penser main dans la main

À ce qu’a predit la tzigane.

[Alcools suivi des Calligrammes; Pocket, Univers Poche, 2013, p. 80]

 

La gitana.

La gitana conocía de antemano

Nuestras vidas atrancadas por las noches

Le dijimos adiós y después

De este pozo surgió la Esperanza.

 

El amor grave como un oso domesticado

Bailó de pie cuando lo quisimos

Y el pájaro azul perdió sus plumas

Y los mendigos sus Aves.

 

Sabemos bien  que nos condenamos

Pero la expectativa de amar en camino

Nos hace pensar tomados de la mano

En aquello que ha predicho la gitana.


NOTAS:

  1. Nos deux vies barrées par les nuits: el verbo barrer significa, en su primera acepción, “cerrar colocando una barra por detrás”. Por extensión “cerrar, obstruir un camino, un pasaje” y, por elipsis, en sentido figurado, “atravesar, molestar a alguien en sus proyectos, en sus propósitos, suscitarle obstáculos; bloquear el camino.” De ahí mi aproximación que, en un primer momento, me hacía inclinarme por “obstruidas”.
  2. lourd comme un ours privé: el verbo priver, en su segunda voz, significa “volver privado, hablando de un animal”, i.e., domesticar, amansar. El problema en español es cómo evitar la cacofonía pesado/domesticado. He optado por la aproximación  grave/domesticado; aunque también podría utilizarse pesado/manso.
  3. El texto del caligrama que aparece como imagen destacada al principio es: Flèche saignante. Je porte au cœur une blessure ardente et elle me vient de toi ma Lou. Lou m’a percé le cœur et j’aime Lou. Proviene del libro Poèmes à Lou (1955, originalmente publicado como Ombre de mon amour, 1947) y que puede descargarse aquí.

 

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“El viaje a la Luna” (1902) de Georges Méliès.
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Daiquirís y Hemingway en Cuba: combinación ganadora.

(A Maira Arias Pérez, en agradecimiento por el libro que me zapateó inmerecidamente.)

Hasta la última vez que estuve en La Habana, en 2009, uno de los lugares de peregrinaje obligado para mis pulgas bibliófilas fue el Floridita, en la calle de Obispo.

El_Floridita
El Floridita (Foto: Miss Bono [zootalk])

Naturalmente éste está asociado con el nombre de uno de los grandes hijos adoptivos de la capital cubana: Ernest “Papa” Hemingway, quien durante los inviernos de 1932 a 1939 no solo ostentó la habitación 511 en el Hotel Ambos Mundos (también en la calle Obispo) sino que iba religiosamente a este bar, con “Mary” Martha Gellhorn —una corresponsal de guerra lo suficientemente bragada como para tolerar a Hemingway, de manera intermitente, de 1936 a diciembre de 1940 y ya casados desde entonces y hasta 1945— y cuantos invitados distinguidos atravesaran por la isla.


Hasta antes de 2003, uno evocaba al autor de “Por quien doblan las campanas” con un busto de bronce que se encontraba al final de la barra, el cual hacía juego con una serie de fotografías y el banco que, según la tradición, ocupaba aquél cuando iba por su daiquirí.

Statue_of_Hemingway_at_Floridita
Hemingway por José Villa Salmerón (Foto por: N/D — commonswiki)

Si bien es cierto que el busto se colocó desde 1954 (año en que ganó el Nobel) y que los pescadores cojímeros —fue en las inmediaciones de Cojímar donde Hemingway se abrevó de la mayoría de los elementos presentes en “El viejo y el mar”— donaron muchas de las propelas de sus embarcaciones para obtener la materia prima para vaciar la escultura, hasta el día de hoy nadie ha sabido darme razón de quién fue el artífice de ésta. Posteriormente se instaló una mole de tamaño natural y 300 kg manufacturada por José Villa Soberón.

Digresión etílica: El daiquirí tradicional se prepara de manera muy simple. Consiste en pasar por la coctelera 1.5 onzas de ron blanco, el jugo de medio limón (algunos prefieren lima) y una cucharada de azúcar. Según la Asociación Internacional de Cantineros (IBA) el resultado debe servirse en una martinera helada; pero de buena fuente sé que el tradicional se servía en un vaso jaibolero —y sí, cuando no se había inventado la coctelera, todo se mezclaba directamente en éste que, además, iba atiborrado de hielos—.
El cóctel con que Constantino Ribalaigua Vert “Constante” (tender y posterior propietario del Floridita) obsequió a Hemingway fue exactamente como el anterior; sin embargo se dice que éste respondió que lo prefería prácticamente sin azúcar y con el doble de ron: así nació el Papa doble que, la verdad sea dicha, no es más que un sour de ron. Posteriormente Antonio Meilán ascendió a cantinero principal y modificó la receta añadiéndole jugo de toronja y unas gotas de licor de cereza, haciendo el mejunje que se sirve en la actualidad.

Se cuenta que el Viejo se tomó 16 Papa dobles en una sola —¡e histórica!— sentada.


La página recordada de hoy consiste de dos párrafos de A Farewell to Arms (sí, arm significa “arma”, pero también “brazo” y, dado el conflicto narrativo de esta novela, prefiero dejar la anfibiología intraducible en el idioma original). La primera viene del capítulo 6 y refiere el apremio con el que Frederic Henry (Hemingway) quiere seducir a la enfermera británica Catherine Barkley:

«[…]La volteé de modo que pudiese ver su cara al besarla y vi que sus ojos estaban cerrados. Besé cada uno de sus ojos cerrados. Pensé que probablemente estaba un poco loca. Estaba bien si era así. No me importaba en qué me estaba metiendo. Esto era mejor que ir cada tarde a la casa para oficiales, donde las chicas se subían en ti y volteaban tu gorra como signo de afecto entre sus viajes escaleras arriba con oficiales hermanos. Sabía que no amaba a Catherine Barkley ni tenía intención alguna de amarla. Esto era un juego, como el bridge, en el cual decías cosas en vez de jugar cartas. Como el bridge tenías que fingir que estabas jugando por dinero o por alguna apuesta. Nadie había mencionado cuál era ésta, lo cual por mí estaba bien.» (p. 29 de la edición de Arrow Books, 1994).

La siguiente página viene del capítulo 11, es el diálogo entre Frederic Henry y el capellán, originario de Abruzzi, que llega a visitarlo a la enfermería.

«Me miró y sonrió.

‘Entiendes, pero no amas a Dios.’

‘No.’

‘¿No Lo amas del todo?’ Preguntó.

‘Algunas veces Le temo durante la noche.’

‘Deberías amarlo.’

‘No amo mucho.’

‘Sí,’ dijo. ‘Lo haces. Aquello sobre lo que me cuentas durante las veladas. Eso no es amor. Es solo pasión y lujuria. Cuando amas deseas llevarle cosas a cabo. Deseas sacrificarte. Deseas servirle.’

‘Yo no amo.’

‘Lo harás. Sé que lo harás. Entonces serás feliz.’

‘Soy feliz. Siempre lo he sido.’

‘Es otra cosa. No puedes saberlo a menos que lo hayas vivido.’

‘Bueno,’ dije. ‘Si alguna vez lo hago se lo diré.’

‘He permanecido mucho tiempo aquí y he hablado demasiado.’ Le preocupaba que realmente fuese así.

‘No, no se vaya. ¿Qué hay de amar mujeres? Si en verdad amara a una mujer ¿sería parecido?’

‘No lo sé. Nunca he amado a una mujer.’» (p. 66).

Es justamente el contraste entre estas páginas el que el lector debe tener presente durante toda la novela.

 

Sílabas penosas por el fracaso de Nikolái Gógol.

Después de la relectura de “Almas muertas”…

No importa cómo lo digas: nunca estarás satisfecho con tus palabras, esclavas diminutas incapaces de abarcar el Absoluto. El Verbo que se viste de seda corre el riesgo de volverse, eventualmente, ininteligible.

No importa por qué lo digas: nunca tendrás una razón cuyo peso específico baste para contrapesar la soberbia categórica del Silencio. Nada justifica el sinsentido de la palabrería humana y, las más de las veces, todo a nuestro alrededor es palabrería.

No importa cuándo lo digas: tus frases no serán atemporales y las corromperá la herrumbre macilenta de la experiencia humana. Mis propias palabras, que inútilmente tratan de alcanzarte, ya van lastradas por su sensibilidad instantánea al carbono 14 y son pájaros muertos que vuelan con la pesadilla de sus alas rotas.

(Acaso aquí debería insertar un aforismo inútil: Los seres humanos nos parecemos más a nuestra época que a nuestros padres. Pero mi voz no te roza y todos los aforismos son la artesanía reciclable del lenguaje.)

Tampoco importa qué digas: esas letras plasmadas en la página, como una pintura rupestre que va borrando la lluvia, como un glifo cuyo significado olvidamos, como una ruina que sueña con el fuego en medio de la selva, serán la única ceniza que dejará sobre la Humanidad tu nombre…

…Pero no olvides que todos en la noche de ésta nos hundiremos.

[Imagen: Estatua de N. Gógol en Sn. Petersburgo.]